Friday, October 03, 2008

El avión

EL AVIÓN


Sus rodillas apuntaban hacia el cielo, mientras el avión pasaba. Yo ahí en el medio, oía la aceleración de las turbinas, oía que el avión ganaba altura, oía que dejaba la ciudad por el norte. Yo me deslizaba como en el cielo. Era un avión.

Cuando terminamos, me levanté y ví, por la ventana, la estela que parecía sostenerlo como un alambre blanco que se encajaba en la tierra. El humo de un cigarro me parecía hecho con el mismo impulso. Lo imaginaba en lo alto congelándose, haciéndose tiras delgadas de hielo: pequeños papalotes salidos a cientos de grados centígrados.

De regreso, en casa, la luz de la cocina me revelaba siempre su estrechez. Frente a mí, estaba la pequeña pantalla de la televisión de plasma con imágenes de aviones atravesando las nubes. Cerraba los ojos y me imaginaba a mí mismo, colocado en el respaldo del asiento de uno de ellos.

Luego de buscar los programas donde hubiera aviones o historias de pilotos, o al menos reportajes de coches con perfil de aeronave, terminaba aburriéndome: luego de la tele, el consuelo de Internet. Una y otra vez los sitios con los films de la Segunda Guerra Mundial, los combates en Vietnam y el derribe del avión argentino aquel por un misil de una fragata británica. Pero inevitablemente me llegaba la imagen de Rocío. Hace poco, me dijo: "Casémonos". Le dije que no, porque no habría espacio para mis aviones si ella venía a vivir conmigo. "Vendemos este depita, y compramos uno donde quepan tus avioncitos, mi amor". Es cierto, algunos son grandes, otros son medianos y muchos pequeños: todas las fuerzas áreas de las dos grandes guerras y los civiles de entreguerra, juntos, en varias repisas, en un cuarto dedicado a ellos.

Tengo que confesar, forzosamente, por cierto, que me he podido hacer de una colección grande por dos cosas: la primera, una manía inusual que se confunde con una perseverancia perra, de la que yo siempre me jacto ante mis amigos y con la cual mi madre acostumbra hacerme odiar de la gente, y, la otra, que es la verdadera, the real one: la pinche baratez de la mano de obra de oriente: Stukas, perfectamente pintados por delicadas manos chinas, P-38 Lockeed exquisitamente perfilados por agudos ojos malayos, un Catalina con sus alas de hidroavión de suavecísimos colores coreanos y un pequeño escuadrón de Spitfires, hechos en la verde humedad de Vietnam; que cuelgan en un pequeño diorama simulando un ride hacia la lucha por mi soltería, pero que esta vez, habían pactado con el enemigo: Spitfires y Me's-109 sobrevolando, ala con ala, el canal de La Mancha.

Cavilaba en la oscuridad de la noche, mientras un rayo caía sobre el póster clavado en la pared frente a mi cama, exactamente en el visor del piloto de un Dassault Rafale que despega de la cubierta del portaviones Clemenceau. Tomé la decisión y la llamé. No habría nada sin mi flota, toda debería estar ahí. Accedió: "Naturlicht", dijo como diría Manfred Von Richtoven, El Barón Rojo, con su chamarra de cuero, sosteniendo la palanca de mando de su triplano.

Sin embargo sabía que ella borraría mi lista de direcciones de sitios web de la aviación, de mi computadora; que no me dejaría re-inscribirme en las varias revistas de aviación gabachas, caras todas ella, y que gracias a ello había aprendido inglés. Anyway, así que, cuando sucedió, me limité a hacer los trabajos del monje: barrer, acomodar y callar.

Días después, allí estaba yo como un piloto de un F-4 Phantom derribado, ante el comisario VC Charlie de su padre, quien negociaba con el mío sobre mi suerte: “la danza de los políticos”, pensaba yo. Mientras, sus hermanos, adultos novicios recién salidos de sus pubertad, viejos con cara de morritos; me veían, gozando con mi sufrimiento. Se reían. Murmuraban. Yo los miraba, tratando de mantenerlos a raya, con mis ojos. Sólo pedía salir de ahí y cabalgar de nuevo un Phantom. Eso era lo que quería. Pero mi futura suegra, que de vez en vez dejaba de platicar con mi madre, me despertaba con un chillido: "¿Quieres más Tequila o te sirvo Coca?" Yo simplemente le decía que no con la cabeza y le sonreía: “Fuck you”, le lanzaba en mi mente como si fuera una sucia comisaria roja del Vietcong.

En la luna de miel, la ida y el regreso en el avión maravilloso de la aerolínea americana me dejó satisfecho, francamente yo hubiera pasada las dos semanas yendo y viniendo, pero digamos que el mar y Rocío me hicieron olvidar por un rato los aviones. Lo malo viene cuando alguien nos pregunta sobre nuestra de la luna de miel: Ella siempre se enoja, pues el vuelo es lo único que comento acerca de nuestro viaje. Ella no sabe nada de amar a los aviones, I know that, por eso no me comprende. Y por si fuera poco, le molesta recordar la parte del viaje cuando le cambié mi siento por el suyo, uno de ventanilla por otro, junto a un colombiano platicón y enfadoso.

Al llegar a nuestra base, es decir nuestro nuevo depa, todo iba bien. Accedí a ceder pista y algunos hangares para su ropa. Incluso algunos de mis mejores videos, le hicieron espacio a la más absurda colección de películas rosilight del mundo. Ella me salió con que esas “eran las que pasaban en los aviones más modernos”. La miré detrás de mis gafas, de piloto. Le conteste, incrédulamente, murmullando, con un largo y arrastrado: “ok, de acuerdo”.

Un día fuimos a una reunión, hablábamos de aviones, más bien yo hablaba, cuando de repente ella se metió en la plática y comentó: "el Lightning solo, hubiera podido acabar con la guerra si hubiera entrado dos años antes en servicio. Era mucho mejor que el Mustang y el Spitfire. Fácilmente sobrepasaba, incluso, al Me-262". Pero, ¡ Qué se cree esta!, pensé, mientras mis amigos le asentían con la cabeza, complementando el dato con más información. "El Mustang fue más importante, Gordis", dije, retomando el control de mi plática, "Fue fundamental en el acompañamiento a los bombarderos, los cuales, en realidad, disminuyeron el poder industrial de Alemania y Japón". "Estás seguro, gordis? Me reviró. Los demás, atizbando un enfrentamiento, no le dieron importancia al tema y cambiaron a otro y luego a otro. Sobra decir que, desde esa ocasión, somos “los gordis” para ese grupo de amigos. En un momento en que ambos quedamos fuera de la atención de los demás, me dijo al oído: "Te la gané jalisquillo mamón. Y ya deja de fumar cigarritos de piloto transnochado". La miré, mientras encendía un Lucky Strike, con el zippo que ella me había regalado, con avión grabado en su costado. "Morra, tú también eres jalisquilla, por más aires que te des de neoyorquina, ok". Le respondí también en susurro. Ambos nos miramos con una mirada que de reojo se dirijía a nuestras bocas que esbozan, apenas, una sonrisa.

¡Bah!, qué importa, a pesar de que ha leído bastante, qué diablos sabe Rocío sobre el P51 Mustang, y si soy el Gordis no creo que les importe mucho a Rodrigo, Alejandro, Carlos y demás mandilones que sólo les gusta hablar de su hijos, me decía a mí mismo, al día siguiente, al volante rumbo al trabajo. Fuck. Yo sé de aviones, no por nada dormí varios años en la cabina de un caza americano que traje del cementario aéreo de Arizona y que tuve que tirar debido a que Rocío se negó a dormir en él. Lo que sí estoy seguro es que para hablar de aviones no sólo basta compartir las opiniones de un experto todos los días. Uno tiene que sacar sus propias conclusiones.

Rocío y yo, hemos acordado viajar al Smithoniano para ver esos aviones de cerca y preguntar a los expertos si realmente nuestras presunciones, y conclusiones, son verdaderas. Ahora que ella ya es casi una experta. Si corremos con suerte hasta podríamos subirnos a uno. Además, también estamos ahorrando para ir a Australia dentro de cuatro años, en el nuevo avión transcontinental de pasajeros. Y es que este tipo de aviones se ha vuelto nuestro favorito y especialidad. Ese avión, que cruza el océano desde Guadalajara y aterrriza en Sydney, en ocho horas, según el Discovery Channel, tiene la máxima tecnología, cosa por lo demás que nos tiene animadísimos para seguir ahorrando.

Amarás a tu robot (como a ti mismo)

Amarás a tu robot
(como a ti mismo)


Un azul metálico resplandecía en sus cuerpos blindados que agachados rodeaban la casa, listos para entrar por puertas y ventanas. En el cristal de las gafas de uno de ellos, una rayo de luz se desviaba, cayendo sobre su badge, donde unas siglas se dejaban ver: PID, Policía de Investigación Digital.
-Cerco completo, la mercancía está disponible- escuchó en su auricular. Miró hacia la ventana cercana y luego miró dentro de los lentes de su máscara, donde un holograma le indicaba, en una imagen parpadeante, el camino que tendría que seguir hasta llegar a donde se encontraba el objetivo.
En un instante, a la señal convenida todos saltaron y la puerta del departamento se desintegró por el efecto de una bazuca láser. Varios pares de botas avanzaban entre la oscuridad bajo la guía de un robot scout, parecían un ciempiés verde linterna, moviéndose a la velocidad del sonido.
Al sentir un peso, despertó de su modorra, abrió muy grandes los ojos cuando vio que una docena de armas de todo tipo, desde convencionales, de pólvora, hasta eléctricas le apuntaban al rostro. El menor movimiento de sus manos le hubiera costado la vida.
-¿Andrés González?- dijo un oficial, quitándose las gafas, mientras se sentaba en el borde de la cama, mientras alejaba cartuchos de aire, de entre las sábanas. Hasta ahí llegaban unos haces que lanzaba una pantalla hologramática que cruzaban, desde la pared de enfrente, una serie de vapores repugnantes que llenaban la habitación, la cual tenía meses sin ser ventilada con aire natural.
-Sí...- dijo, el sorprendido inquilino, en voz baja y entrecortada, con un sonido apenas perceptible de su lengua. Dejaba ver sus dientes amarillos que tenían una apariencia repugnante por haber comido alimentos chatarra durante años.
El oficial puso una placa grande, que tenía el escudo de la Corte de Justicia, sobre la cama, apretó un botón lateral. Lentamente y, mientras él se quitaba los guantes, un holograma se elevó velozmente como arrojado por un cyborg tallador de Las Vegas, de esos que lanzan cartas con distintas poses de Elvis. La imagen que salió no era la del último rey americano, sino que era la imagen de un juez en una corte que hablaba gravemente:
-Andrés González, el municipio de Guadalajara lo acusa de violar la Ley de Propiedad y Convivencia Androide del año 2074, en la Sección Inactivos y de sus respectivos reglamentos de: Compra-compromiso, Uso y almacenaje, Uso y Mantenimiento, Uso y Reciclaje, en los siguientes equipos: 9QW38R0O, AS8UQnvXÑ0, ASDv98a9svu...-, y una larga lista seguía contando el juez del holograma bajo la mirada atónita del detenido. Mientras tanto pasaban, transportando en una carretilla transparente, un robit y unos guardias SWAT lo que parecía ser el resto de un androide con un rostro y unos ojos agradables. Otros robits los seguían, empujando más restos de androides.
El holograma seguía contando la lista de víctimas. Pero él, Andrés González, no hizo más caso del holograma, más bien alzó su cabeza para ver el desfile de restos, mientras pasaban.
-ASDv98a9sVU...- murmulló el de los dientes amarillos.
**********************************************************************************************
Esa mañana fui al Gran-Almacén. Di varias vueltas alrededor del stand, luego para terminar de convencerme, me acerque lo más que pude. Ahí, debajo de una enorme lámpara, estaba con un gran letrero: “Androide de última generación” y con una etiqueta que mostraba sus capacidades: aquellas de los que trabajan en las lunas de Júpiter, un tipo capaz de hacer cualquier reparación y tarea industrial.
Ahí estuve recargado en una posición que duró varios minutos, hasta que me dolió el brazo, mientras hacía cuentas mentalmente. Entonces, activé mi tarjeta de compra, digitando los números que copie de una placa junto a una de sus botas.
Al llegar a la puerta del almacén, un robot con toda la parafernalia publicitaria del lugar, me esperaba con la enorme caja que contenía el androide.
-No le puede ordenar salir hasta que haya cruzado la salida de la tienda, señor-. Dijo el robot en un tono metálico de mayordomo.
-Ok, no hay problema-. Acto seguido le ordené con un ademán, para que me siguiera por el estacionamiento, llevando la caja, hasta un costado de mi automotor. Ahí me detuve.
-Aquí- le señalé con un dedo y el robot se detuvo. Bajó fácilmente con sus brazospala la caja, como si no pesara. Yo lo contemplaba, mientras él hacía la maniobra.
Una vez que el robot cerillo se hizo un poco para atrás, dije:
-Sal-. Entonces, de la caja salió un brazo y luego otro, y enseguida el resto del cuerpo. Ya fuera, como un recién nacido, pero de pie. Lucía imponente sobre la enorme bolsa de plástico protectora que lo había envuelto y sobre los restos del embalaje y la caja. Un ruidillo de pequeñas micro-turbinas se oían. Él empezó a recoger la basura y a compactarla.
- Dale esa porquería al cerillo y sube. Maneja-. Le ordené.
-Gracias por su compra- dijo el robot-cerillo mientras se alejaba con una minúscula caja que era en lo que había terminado el empaque. Este al pasar por un cesto lo echó. Decía Reciclaje.
Subí al auto por la puerta del copiloto, le dije: “A casa”. Se encendió el mapa del parabrisas y el auto arrancó. Nos fuimos en silencio hasta mi domicilio. Ahí detuvo el auto, descendió rápidamente y abrió mi puerta.
-Súbete al auto- le dije.
Cuando estuvo sentado, con las manos plásticas al volante y mirándome, le dije:
–Baja-. Y cuando estuvo sobre la banqueta, a mi lado le ordené, nuevamente:
-Sube al auto y luego bajas y luego te subes.
Sin voltear hacia atrás me dirigí a la casa. Abrí y entré. En la oscuridad de la noche, los colonos no notarían lo que sucedía frente a mi puerta, así que me dispuse a recostarme. Ya en la cama abrí un cartucho de aire puro y encendí la televisión.
A la mañana siguiente, un poco antes de que la mayoría de la gente despertara, salí a la puerta desde donde pude ver al robot entrando y saliendo del auto. Lo llamé. Vino velozmente.
-Estoy por irme a buscar trabajo, limpia la casa-.
Cuando regresé, diez horas más tarde, la casa estaba impecable. Hacía quince meses que no la limpiaba, quince meses de solicitudes en la oficina de apoyos para desempleados, los “Inactivos”; quince meses en la sección de servicios domésticos, área de renovación de equipo o sea préstamos para sirvientes mecánicos.
-Para ser reciclado eres bastante efectivo- le dije, detenido ante el espectáculo de brillo y buen olor.
El día siguiente fue igual: limpieza total, incluyendo el cuarto de todos mis desperdicios metálicos. Cuarto sobre el que, por lo demás, le previne que no comentara nada. Y le prohibí pensar sobre lo que vio, que borrara de su memoria todo lo visto.
Unos días más tarde le ordené pararse de puntas en la parte más alta de la casa, con una toalla de colores y puntas deshilachadas para espantar a todos los pájaros que pasaran por ahí, pues me tenían hasta la madre sus excrementos que llenaban mis cornisas y ventanas. Incluso lo dejé en la noche: “para que espantes a los vampiros y murciélagos”.
-Bien, bien-. Era lo que me limitaba a decirle. Pero una tarde llegué a casa con ese sentimiento obsesivo que me ha perseguido durante mucho tiempo, luego de un día infructuoso. Además, tenía una sensación de cansancio infinito. Ahí estaba él, parado, mirándome como un perro esperando que le lanzara cualquier cosa para traérmela de inmediato.
**********************************************************************************************
-¿Creías que no te íbamos a agarrar, grandísimo bribón, gordete de mierda, reventador de silicios, eh? Le decía el oficial, mientras le daba palmaditas en la cabeza y golpecillos en el abultado vientre blanco y flácido.
- Fuck ya, pinche poli- le contestaba apenas audiblemente con su lengua que entresalía de sus dientes amarillos.
-Imbécil, sabes que por haber desperdiciado el dinero del estadueplob te has ganado muchos años de cárcel-. Le gritaba sarcásticamente el oficial de policía, mirándolo a los ojos. -Te teníamos vigilado cabroncito, sólo fue cuestión de tiempo. Dejamos que pensaras que todo iba bien para echarte un buen número de años encima, perro. Después de todo es el mismo trámite para dos que para veinte años -. Lo miraba el oficial, lanzándole gotas de saliva a su rostro. -A todos los imbéciles como tú, siempre los agarramos, con las manos en la tarjeta-. Y se le quedaba viendo, como queriendo investigar la naturaleza de ese individuo que tiene tal tipo de conductas. -Eres un pobre perro. El mundo cy nos es para tipos como tú, que no saben cuidar a estas máquinas. Una granja org, sería magnífica para ti, aunque, sabes, ya es demasiado tarde.
– Me vale madre si voy pa’dentro, al menos ya no tendré que verlos. Y sabes qué, poli, fue divertido... Y, lo más divertido fue ver cómo iba llenándome de ellos y cómo los iba retirando de circulación. Además, quieres saber una cosa? Al menos así trabajaré, jajajaja, para beneplácito de mi ex-mujer-. Le respondía el de los dientes amarillos, mientras gotas de sudor repugnante le escurrían por la frente.
Un policía se le acercó al oficial por detrás, acercándole un cuaderno pantalla. Este lo encendió calmadamente. Clavó la vista, mirando los datos que aparecieron.
-Parece ser que sacaron todas- le dijo el oficial, levantándose, mientras lo miraba y dejaba de reír. Una cara seria le volvió al rostro.
**********************************************************************************************
Ese día llegué y puse mis cosas, en orden, en mi pequeño closet de madera, el tesoro de la familia, de madera auténtica. Así me decía a mí mismo, mientras le pasaba la mano encima. Arriba de él, clavada en la pared, una pantalla ultradelgada presentaba alternadamente las fotos de siete generaciones de mi familia. Me le quede viendo hasta que aparecieron, finalmente, las fotos de mis hijos y de mi ex-mujer. Seguía hermosa, congelada en esa foto en el tiempo, en el nacimiento de mi tercer hijo. Pero me llegó esa rabia...
-Ven androide-.
-Dígame señor-.
-Siéntate en ese banco-. Le dije señalando uno que estaba a unos pasos, en el área de la cocina.
-Levanta tu brazo derecho-. Me dijo, mientras me miraba tomar un juego de herramientas.
**********************************************************************************************
-¡Eres un imbécil Andrés, eres incapaz de hacer algo bueno, cabeza de chorlito canino¡ Mira hasta esos pinches robots, ellos hacen las cosas mejor que tú, animal-. Me decía mi mujer mientras limpiaba a uno de los niños que se había echado la sopa en la cabeza.
-Qué sabes tú de la naturaleza humana comparada con la de los robots, Ronda. Si lo único que sabes es que tu madre te parió un pinche día de Primavera, como sabiendo que iba a parir una perra. Y por si fuera poco, para estar segura te puso ese pinche nombre de putita de Elvis.
-Para eso me gustabas, bastardo de comic barato: ofensas y ofensas y ofensas. Pero sabes qué Andrés, un día de estos me largo, me oyes, maldito panzón. Me largo y sabes qué, que vas a quedarte solo con un pinche androide a quien fastidiar, pero déjame advertirte una cosa: un androide no te va pelar cabrón, como te pelo yo. Porque si no lo sabes, a los androides les vale madre si les hablas o no les hablas, les vale madre si tienes nostalgia o sentimiento. Les revale. Esa sintonía fina, mi estimado perro gordo, no la notan ellos. Ok.
-Deja de joder.
-Claro, nene gordo, eso es lo único que sabes decir. Deberías quererte aunque sea tantito, méndigo mantecoso, quiérete, ámate a ti mismo, porque así empezarías a bajar de peso, a conseguirte un nuevo empleo, a llevarte bien con la gente, ehh? Bien me lo decían mis amigas, no te cases con ese, de seguro en diez años ya no va a tener empleo, su pinche carrera vale madre y es incapaz de renovar sus estudios. Pero aquí está la pendeja de yo casada con un ballenato de bermudas azules, y tenis desgastados.
-Deja de joder, mejor sube y baja las escaleras para que bajes, mendiga, que tú también estás hecha una ballena.
**********************************************************************************************
-Señor, está prohibido lo que hace- me dijo cuando con unas pinzas y un desarmador empecé a desarmarlo. Era una especie de cirugía de garage, en la cocina de mi casa. Esta vez fue más fácil, ya tenía experiencia.
-Ya lo sé imbécil, pero tu no vas a decir nada, o sí? Te volverías un traidor hacia tu amo, bastardo de hojalata de comida de perro, eh Maldito?! ¡Y no vibres cabrón!
-Hay impulsos que no puedo controlar, Señor.
De pronto, ya habían pasado un par de horas, el brazo aflojó y con una segueta le trituré el resto de las conexiones. Lo arranque de un tirón. Fui y lo arrojé a donde tenía ese montón de fierros. Hizo un gran estrépito al caer.
Regrese a la cocina, tomé una silla, me senté al contrario, encendí un cigarro y mirándolo de frente...
-Recuerdas lo que has hecho los últimos dos meses,
-Sí señor.
-Pues vas a hacerlo todo de nuevo, pero con un solo brazo, OK?.
-Entendido señor.
Ahí, en ese mismo instante empezó el androide a limpiar, a pintar, a pulir, a arreglar y reparar. Con un brazo y una maraña de cables saliendo de su hombro derecho.
Pensé que se me pasaría, pero no habían pasado más que algunas cuantas semanas, cuando nuevamente me llegó ese sentimiento incontrolable, de furia; que me hace estremecer del coraje y que me hace pensar en la maldita Ronda, esa puerca adorable que no supo ver en mí más que a un miserable bastardo fracasado de dientes amarillos.
Esta vez le arranqué los pies. Y las faenas comenzaron de nuevo, aunque las de exteriores fueron en la madrugada, para evitar que los mirones notaran que el androide carecía de miembros de las rodillas para abajo.
En el lapso de cinco semanas prácticamente deshice al androide. En el último viernes abrí la puerta de mi cuarto de desperdicios y lancé, que digo medio arrastré el cuerpo del androide ASDv98a9sVU, cuyos ojos agradables, como de mirada de perro agradecido, me habían alguna vez conmovido. Pateé su rostro, antes de cerrar la puerta.
**********************************************************************************************
-Por si quieres saberlo: Los que cuidan la cárcel, son andros y robits, y uno que otro robot y cyborg-. Decía el oficial de policía con su libreta luminiscente, mientras se alejaba. En el umbral de la habitación, volteó diciéndole: -En tu caso serán los que destruiste, mejor dicho, los que intentaste destruir serán tus guardias, aunque claro en una versión sin corazón ni alma, o sea sin el decálogo ni conexión de auxilio al BB. Ahora se pueden defender al sentirse agredidos física o psicológicamente. El de los dientes amarillos volteó y, como si fuera un personaje en una enorme pantalla que voltea a ver al público espectador, abrió de una manera desorbitada sus ojos. Una sonrisa discordante se formó en su boca, mientras de ella una risotada grave y asonante iba saliendo y llegaba hasta la figura del oficial que parado en la puerta se ponía su casco, mirándolo, antes de salir a revisar las piezas para identificar a los androides perdidos.

Wednesday, September 05, 2007

Poemas Olímpicos

Jesse Owens

Jesse Owens, nace junto al río
de ojos de agua, el que canta hondo
al pez escondido en la oscuridad.
Jesse, hombre, color y barro
con una prisa como la de un cauce.

Jesse Owens crece antes del Deal Nuevo,
cuando la k se escribe con capirote.
y cuando el oeste aún es la línea
entre el hocico del búfalo y el pasto.

Jesse, crece en el óvalo de los estadios
vacíos, como olvidada saeta negra
es relámpago negro y silencioso
que cuida el sueño
de los guardias de las pistas.

Jesse corre en silencio
calienta el aire en la fuerza negra
de sus pulmones, donde suena un río
que baña las orillas de una fruta roja.

Cuando alza sus piernas alza su alma,
y se abren las rejas del viento.
Soldado de fuertes brazos, se vuelve el arco,
donde él mismo es dardo y meta.

Berlín lo sabe, cuando en la tribuna vertical
hay svásticas, Fuhrer y unos ojos azules
que miran a la figura negra
que vino de una América orgullosa,
orgullosa de su arianía criolla.

Jesse quiere el laurel
tiene el color de los cuervos para el triunfo
tiene el color de la noche para la euforia del estadio
tiene el color del toro para un péndulo de oro.

En la pista, la pistola en el aire
derriba violenta y aceradamente
las trancas invisibles desde donde
saltan los pies calzados de los gigantes.

Jesee, vuela sobre la pista de tierra blanda,
que escuchan los blancos del Missisipi
salpicarse y volar cuando el americano
va a colgarse la medalla sin la debida genética,
pues tiene olor, además, a barro.

Jesee, corre desde el arco de la palabra Owens,
en la lejana Alemania,
pero su alma viaja al sur
entre las cañas y el agua del río milláceo,
corre como la punta de una flecha,
en la punta de la flecha,
camino a la meta ante la salida del césar ario.

Serranillas del Tren Ligero

Serranilla del Tren ligero, estación Sta. Filomena



Lo rojo de tus mejillas
yo vi, tan lozanas, cuando
subías, dejando el tren
que se alejaba,

por aquellas escaleras
de salidas o de entrada,
que eran, velozmente, como
yo las bajaba.

Cuando te vi, tuve ganas,
unas ganas inesperadas
de cortar así, una flor
tan de mañana.

“Hola ¡y tú! ¿Cómo te llamas?”

Me dijo: “Me llamo Laura”,
y agregó que era estudianta,
esa mañana.

Yo te juro lozana
que ya me eras licenciada,
y hasta doctora, en aquella
breve parada.

Sunday, August 19, 2007

Calle Montevideo

Montevideo tiene un espontáneo ambiente
de espumas inesperadas y festivos pámpanos,
besos con sabor a cartón en sus secos árboles
y miles de pentagramas nulos en sus cuadras.

Montevideo tiene, eternamente, tal llama
que esa calle me hace pensar los pasados años
al recordarla así, con mi enfebrecida mano.
Y, sin embargo, pienso,
cómo espantarla, si de ella es el tono en mi piel:
tono de hojas enjutas de eucalipto en Noviembre.
Tengo, además, el tamaño cabal de nariz
al del largo del invierno de Guadalajara.

Y, los pies cantantes y fríos que me sostienen,
poseen la forma ida de su oculta pendiente,
que a pesar de las muchas caminatas nocturnas,
huelen más a día de lluvia que a noche y luna.

Montevideo tiene un callado río dentro,
pero merecería tener un mar abierto,
donde recorrer esta cartografía nueva
que llevo silenciosamente trazada en mí,
de tanto abrir mis poros a los vientos del Norte,
de hurgar ansioso con mis oídos el ocaso,
de pensar en el iluso y ecuatorial Sur
y de escribir oraciones mirando al Oriente.

Ese río, fue una vena abierta de la sierra
que supuraba azufre entre lomas y huizacheras.
Una vena sometida a cirugía estética,
a una de esas que evitan que una calle se vuelva
una playa blanca de jal holgado en el llano,
donde los pájaros y los rebaños suceden
a los carros metálicos.

Una vena de la sierra que rodea el llano;
una vena que se asienta tranquila y serena;
una vena que no ha dejado de llevar dentro,
en su blanda corteza y dura concha de sol
y arena, la promesa de la serena tierra:
la de los ciclos del agua y la sed de los hatos,
mucho más allá de las llantas y los semáforos.
Pero los carros y el concreto, por la abundancia,
se han vuelto las venas y la sangre en vanagloria
de una inmóvil columna vertebral en la tierra,
cuyas vértebras huecas tienen redes eléctricas.

Vértebras que mimetizan a la serpiente hecha
de tierra petrificada con cientos de escamas,
transparentes y altas, como flores descuidadas.

Vértebras que poseen madrigueras de coches
que salen y entran a la luz de algunas medusas
miedosas, que huyen del suelo y su lisa dureza,
apretando su vientre a la boca de los postes
en espera del regreso de la mar y el día.

Vértebras que se soldaron a la tierra y río,
formando las contracciones del concreto gris
que se cubrieron de vidrio y cristal y acero,
por donde los ojos iban en paso de luz,
desde un extremo a otro,
en las aguas quietas y claras del mediodía.


Y ahí, en el medio exacto
de una de tantas, la más sencilla y encrestada,
está mi casa, la del árbol rojo y eterno:
el tabachín de brazos mutilados y gruesos,
que es casa de hormigas trapecistas y mineras.

Esa, mi casa vieja, que sufre insolación
por tener la testa demasiado amplia y sin tejas,
que la cubran de este puma amarillo y alado.

Esa, la que tiene un ofendido rosal blanco
por tener que competir con las grises ventanas
la luz del escenario.
Sin saber que los ventanales no quieren luz,
sino el agua esperada que no pueden beber,
porque les falta la dulce lengua de dos alas
que separa el fluido quemante de la nube ácida.

Ahí, en el medio exacto
de una cuadra con banqueta como solar rampa,
está mi casa vieja.


Frente a ella, hay eucaliptos castaños y enormes
que me hacen amar a la aislada y mítica Australia,
a pesar de no conocer ni una de sus casas,
ni una de sus calles, ninguna de sus colinas.

Esos montevideanos eucaliptos reales,
parecen estatuas vivas de la Isla de Pascua,
que en el estío parecen quintales altísimos
de leña apretada, con vueltas de hilo de caña.

Pero en verano, de repente, de viejos náufragos
son marinos en tierra que han bebido semanas,
quedando varados en una barra de viento
con olor a Koala.

Así son esos árboles, que siempre abanican
a esa colonia de dos poetas por sus calles,
en la que es posible, con pies o coche, juntar:
el San Lorenzo con las Pampas, el Orinoco
con la Apalachia, los glaciares y el Titicaca;
y donde las dos Américas se uniformizan
cuando aromatiza el lento rasero de Marzo,
con saltonas bolitarias en rama, las casas.

Un tapiz oloroso cubre Montevideo,
pero esa casa tiene la rebelión por piedra,
un naranjo por huerto, un prolífico rosal
por un prado y un verde baldoquino de palma,
ventilando por si, los soporíferos cuartos
de la suave planta alta y las cuadradas estancias
de la planta más baja.

Ahí, entre lisas paredes he olido los años,
los he olido entre el aroma fresco que intentaba
entrar y los olores
de nuestra osada casa, que siempre le ganaba;

porque Montevideo, olía siempre a fideos,
de Mayo a Mayo, haciéndonos sudar con tristeza
cualquier huella de invierno para escape del llano;
y ese caldo blando era hecho en manos sapienciales
que conocían bien la invocación del desierto,
pues mientras temblaban y se encalaban las ollas,
bellos azahares escondían sus aromas.


Muchos olores, cientos,
como el de zapatos nuevos bajo camas viejas,
o como el olor a perros en tardes de lluvia.

Montevideo olía a polvo desensilado
de las ventanas de celosías incompletas;
olía a televisión barata y sin antena,
incrustada sobre un escritorio que no lo era;
olía a tapetes empolvados por pisadas
trashumantes que siempre regresaban humadas;
olía a radio viejo y esforzado de diario
con las locuras de su aguja de sintonía;
olía a estufa de contado y platinado,
como una escafandra incluida a bordo, como el horno;
olía a humedad cortada por escalera;
olía a voces con aroma a leche quemada,
a voces olorosas como de mermelada,
a voces añejas como el del pan olvidado;
y el Domingo, sí, olía,
a penitencia jurada y césped bien cortado.


Olía, y ¿cómo no?
si ella era un venero vegetal evaporándose;
pero Montevideo,
sobretodo, dejaba escapar su ruidosa alma.

Pues ella, sonaba mucho antes que apareciera.
Desde el momento que las monedas del transporte
caían lentas al monedero acanalado,
la caja de música urbana que era mi casa,
iniciaba una canción herramental de voces
en creciente andante, hasta la puerta de la entrada
que se encogía como un diafragma por los puños
dirigidos a su acanalada y café espalda.

Era, sí, ella era entrada,
entrada de dos llaves, siete vueltas y un abran;
a todos los rumores con su carga de incienso
y sándalo profano;
a todos los vientos con sus zapatos de azogue
y depredar de cielos;
a todas las voces con sus tonos de ámbar blanco
y mármol entregado.


Esa puerta, que se abría y cerraba con manos
de hechicería y sabiduría comprobadas,
tenía de mayordomo un apéndice eléctrico
que aguantaba llamadas con su pequeña espalda,
haciendo la sonoridad más inesperada:

tocarlo y escuchar arrebatarse a los perros,
me hacía dudar si ellos estaban conectados,
pues entrar, era ingresar a una sala de música,
donde simultáneamente se ejecutaban
cientos de conciertos de cámara, sin distancia:

el sonido de la televisión encendida,
como esfera de frente parlanchina y brillosa,
era el público en espera de una alegre audiencia
entre el afinamiento de trombones y oboes
y la lentitud de voces finas que se sientan,
en la inminencia última del concierto hogareño.

Timbales vibrando: altos escalones pisados.


El sonido de las cortinas, al correrse, era
el suave murmullo de la luz en el venir
y el ir, sobre los hombros brillosos en la escena,
roja y alisada en jardines de seda muda
que colgaban de rieles blancos y enmohecidos,
traspasados por susurros hoscos de vehículos.

Las teclas agudas: las gotas primas de lluvia.

El sonido de la lavadora era el de un arco
de un cello grueso, moviéndose rápido y grave
por una mano enguantada en la burbuja sónica
que nacía al efecto de un rayo encadenado,
en el ronroneo giratorio de un aljibe
metálico, de pulcros botones encerados.

Los ágiles dedos, callando cuerdas: la plancha.

El sonido de la licuadora eran timbales,
discutiendo con trompetas agudas y ricas.

La ágil batuta del director: un cazamoscas.

y el rítmico piano atmosférico del verano
en la azotea, cayendo en gotas de lluvia ácida.

Así, Montevideo
sonaba, sonaba a lento desmoronamiento,
y ahora bien comprendo
por qué siempre maduraba la voz del teléfono,
y, entiendo, porque las voces eran el espíritu
de esa mi casa, en el cemento de Montevideo.

Y tan sólo lo entiendo,
porque la voz es, sí,
ella misma y así era nuestra Montevideo:
cantora y sonora, así en el silencio y el aire,

pues era toda ella, fantástica sinfonía,
sinfonía ilusoria;
con olores ante nuestros ojos oceánicos,
que hoy se han vuelto lagunas,
lagunas yermas a los colores oceánicos.

Y esto me lleva a decir y afirmar, muy seguro,
que la memoria mía, es la memoria de un ciego;
porque quisiera a mi casa de Montevideo
ver de nuevo y no puedo.


Quisiera verla, y me detengo ante ella de nuevo,
abro ahí los ojos y es una sombra inasible
sobre el agua y su número no me dice nada;
pues sólo frente a mí, está el oído que es la flor
de dos pétalos y raíz hasta el corazón,
que se aterra y ciega con la visión del vacío.

Y quisiera que los tonos del ayer subieran
los castaños árboles y la ceñida placa,
que las ventanas se agrandaran como las charcas,
que las puertas se abrieran como las nochebuenas,
que las celosías redescubrieran el tamo,

pero bien yo sé, que no es la luna la que cambia,
sino que es la mirada.


Como la mía, que un día entre miles de espigas
e hilos de cortinas se abrió, al revolotear
un pájaro dorado en la ventana cuadrada,
que me hizo ver que Montevideo no era más
el drama cambiante de coches y polvaredas
que se erizaba entre mis barbas ralas y pardas,

como mis sueños que al teléfono se enlazaban,
cuando la tardona Montevideo crecía
como crecen los hombres,

reventando las sucias puntas de sus zapatos
y teniendo más sed en Otoño y en Invierno
que en el tiempo del volátil y húmedo verano.

Montevideo se perdió, dentro de mis ojos,
en las agujas, volviéndose un poste de luz
en un sueño de cera,

acerca de una elástica madrugada y puente
solo, por encima de una avenida de trenes;
desde donde unas ropas, vacías y colgadas,
hacían saludos de algodón a las estrellas.

Yo, así como los pájaros
desperté. Desperté sin alba sin nada, apenas
soltando el cometa azul amarrado a mi casa,
como se sueltan las rendidas banderas blancas
por epifanías silenciosas y preñadas,

mientras que la ciudad se expandía como el hielo,
que montado en la frente del llano, al mediodía,
se le derrama en cogollos de bitumen y agua.

Desperté. Desperté,
entre los azores deslumbrantes del solsticio,
las miradas sordas de una bugambilia rosa
y los azahares de un naranjo primerizo.

Aún mis pies tenían el oloroso ruido
de la huida sobre el piso;
aún mis manos tenían el delator uso
de unas llaves umbrosas,

aún el eco del acero, al girar, sabía
a grava recién vertida bajo las esquinas
y las lámparas, que destrabaron una máquina
en sus oscuras llantas.
Me asome a la calle y recuperé el calendario
con la imagen negra del bitumen encuadrado,
que acosaba como sello las alcantarillas.

Y, entre la oscuridad de nuestros sueños quemados,
el sonido del timbre, de la entrada, sonaba
delgadamente en la tela de mis pabellones,
mientras al aire mis pupilas se humedecían

con el incurable levantar de la mañana,
que ordenaba el rítmico y hondo sonar de estrellas
y camiones urbanos de esquinas desmembrados,
en las escalerillas de aquella nueva casa.

Inoculado, allí, nuevamente, y salpicado
por las activas estaciones de los sabinos
y la transmisión satelital de ondas, inmóvil
amanecí como un cielo que hubiera perdido
su gran azul cometa,
pues había perdido el asiento de mi casa:
colonia Providencia.


Providencia, la ciudad en la cañada norte,
poblada de buhos y luciérnagas de plomo.
Empolvada en sus jardines encuadrados de oro,
aquella comunidad que en los años setenta
estaba saturada de autos y casas nuevas.

Ella era vecina que perifereaba el llano,
descubriendo el campo, hasta el Zapopan viejo y seco,
con sus torres santas, vistas desde mi azotea;
y la avenida Américas con ruido a motor
de gasolina, gastada en la cuesta empinada.

Providencia, casas alineadas en fila,
como remachadas y amarradas al cemento;
extraviada ahora, pues al abrir la ventana
ya no estaba. Era un recuerdo, una aparición falsa
y apagada en distintos autos, distintas casas.

Ella se quedó fuera al paraíso noventa,
perdida en la inocencia de la ilusa mañana.

Providencia: amigos prendidos en las aceras,
Providencia: credo y locura, nieve y estío.
Providencia: colonia.
Durante la noche, ella soltaba los encantos
del último suspiro a la calle de concreto
a nosotros, jóvenes de mezclilla nocturna,
que la respirábamos mezclándola con sueños;
parados allí, en las esquinas, o, caminando;
a nosotros que recibíamos el sonido
de las salas y las cocinas, donde se oía
el murmullo inocente
del transistor y su brillar de luz irisada
al rítmico parpadeo de televisiones.

Allí, donde los pájaros soltaban su olor,
desde aquellos profundos árboles que ocultaban
su propia noche, la de la mirada que espía.
Allí bajo ellos, abría la boca y tragaba
el fuego, sin incendio, sin llama, en la oscuridad
que no podía ocultar ya, mi crecida barba.

Allí, detenido en una esquina, pensativo,
reteniendo el primer olor a sexo y camión,
supe que Providencia era un gran globo de jal
que pinchaba la aguja de los años ochenta,
dejando caer al cielo nuestras papeletas
de cartillas y licencias sobre la de Américas.
Montevideo, continuaba asfalto y concreto,
perpendicularmente, entre la avenida Américas.

La axial avenida Américas, me construyó
en cada paso, en cada cuadro, en cada verano,
un camino, mientras sus banquetas se ponían
a la sombra de postes viejos, verdes de historias.

La avenida Américas, tan gris y tan poblada
de autobuses y autos hacia las colonias nuevas,
donde ellos peregrinaban como estacionales
rebaños de cabras y elefantes de chasis
y tableros musicales sobre cigueñales.

Esa planicie linear, en el mediodía,
me parecía una adherencia con edificios
que me hacía ver en la giba de su largueza,
más allá de la mano occidental de Colón,
su viejo nombre Unión.


Américas, se desparramaba hacia la izquierda,
hacia el barrio oloroso de Santa Teresita
con su estampa vecinal y carpas domingueras,
con el sonido multiple de los transportistas
y los hacedores de tostadas, que ocupaban
los espacios más húmedos del mercado sónico.

Y luego, el dulce y largo barrio de La Capilla
de Jesús, el de la fría escarcha de maíz:
el tejuino, que me hizo viajar más al Oriente,
con el vigor del hielo y la fuerza de la tierra,
hacia el tronco y el núcleo que sujeta Américas:
el centro. El centro, que me atrajo como al jején
el trigo, con el sopor y empacho del café;
con el sonido arboroso de algunas callesas,
donde está el ruido que todo rodea sin fin
en el gemido de los canales de las llantas
que ruedan como ola que viene y nunca revienta.

El centro, donde el humo se adhirió a mis pulmones
viscosamente, en el giro de la velocidad
mundana del alegre e impaciente automóvil,
como el que de noche me llevaba de regreso
en una ruta de recuerdo a mi casa vieja.
Así, supe que tenía fundada una ciudad
en mi cabeza luego de perder una casa,
una calle, una colonia, una manzana, un mapa.
Porque dije mi casa, partiendo desde un centro
del que se sostenía toda una plancha urbana.

Supe que la tenía fundada, y con imprenta
puesta, pues llegué y bebí agua despreocupado.
Supe que todos sus hombres, todas sus mujeres,
suben y bajan de autos y autobuses al ir,
venir y salir de sus soledades urbanas.

Supe, entonces, que no sólo existía una calle,
sino exactamente una familia de callesas,
callejones y calles; una unión de avenidas
y bulevares; una gran familia de calles
que amanecía para millones, para todos
los millones que se levantan diario en millones
de mañanas, tan lejos, tan cerca de la mía.

Pero todos esos caminos eran las líneas
de una misma y única planicie edificada
y a la cual yo levantaba memoriosamente
como Guadalajara.
Saber, entonces, de mi ciudad al asomarme,
como un polizón en la minúscula portilla
de un barco; a la nueva calle que contenía eso
que llaman antiguo y que me mantenía unido
a los árboles y a las aves, como palanca
a su tablero y suelo.

Saber de ella, porque grabé con sombra la palma
de mis pies en la inclinación pedestre de la honda
avenida Hidalgo y la anchura tosca y acuosa
de la desmemoriada Calzada Independencia.

Saber de su voz , en la dulce voz de mujer
que da el cambio en su puesto de diarios de un portal,
como el ronco y áspero responder de un chofer
al recorrer y cortar la avenida Corona.

Saber de los acentos que pone, a cuantos días
tiene la semana en jornadas, en estaciones
del tren ligero o de los miniautos eléctricos
de tantos refresqueros locos y aventureros,
que circulan por avenida Federalismo
y la calle de bajada de Pedro Moreno.

La ciudad, pero esta ciudad que de unirse tanto
hizo crecer mi calle y mi aglomerado urbano
en un mapa plano de arena, concreto y agua,
que fraccionaba el llano para edificar casas.

Esta ciudad que me deja moverme y vivirla,
en diferentes calles y gentes, quienes me hacen
creer en la bondad como R. Michel, o
creer en la poesía como Alfredo R.
Plascencia, en el sacrificio inútil: Niños Héroes.

Calles, que hacen a un lado la gran serie infinita
de los números, con los nombres de los que mueren.
Ciudad de calles de fin abrupto y profundísimo
como Belisario, o de avenidas de humaredas
como Revolución, o de avenidas de prisas
locas y tontas como la de López Mateos.

Ciudad, que me recuerda alzadamente y de pie,
que el asfalto termina donde inicia la cima
de los cerros, en la orilla de la depresión
de la tierra, llamada barranca; o en el último
escalón detenido sobre una aeronave,
en una de esas, que lo ponen a uno en el cielo.
Esta ciudad que tiene otras ciudades encima,
de varios pisos suspendida sobre el gris piso,
ubicada en archipiélagos a varios metros
del suelo, como la torre Américas, gigante
dividiendo el aire y no el llano. Ciudad de casas
de doble piso, de doble o triple, o, tal vez, cuádruple
piso como El Sauz, Miravalle o la Prisciliano,
que se repiten verticalmente en cada planta
de terrazo o cemento que son bien habitadas
con niños y bebés; o con los recién casados.

Esta, la de las voces en la noche, sin rostro;
ciudad con mayor claridad que las celosías,
donde se oyen clamores de casada reciente,
donde se oyen los reclamos del recién nacido
que más calostro quiere.

Ciudad, toda de alturas, donde se queda el agua,
sacrificándose en la voluntad niquelada
de la electricidad; en una bomba que sube
el río a las azoteas que serían patios
de no ser las alturas.

Pero, puedo llamarla, todavía poliédrica;

con los artefactos bicéfalos de sus placas,
que dividen en azul la cuadratura fija;
que nombran las rutas en los ejes de la rosa
en las dos vías de Morelos y la Calzada.

Ciudad en dos por dos,
renombrada y renumerada en paredes, muros
y postes, hacia la moderna o la Americana,

haciendo a Simón Bolívar calle de Balbuena,
a Marsella vuelve Plascencia y Pedro Buzeta,
a la estrecha Colón, sombreada Santa Mónica
y al huertero Dn. Munguía, Díaz de León.

Sin embargo, este pliegue en el llano, en construcción
expande sus nombres, extendiéndose metálico
en vocales y consonantes de placa azul
al asentarse los hombres, sedentariamente.


Esta ciudad, que se mantiene despierta y viva,
en las cuentas de su propia gente. Gente que ama,
que deambula, espera, trabaja y se desvela.

Gente, que cree y crea
a su ciudad, que es una, en su sueño y su vigilia.
Gente que veo llevar un dedo hacia su oído,
cuando escuchan larga, callada y profundamente
con sus ojos abiertos.

Gente de esta comunidad, que hace cuestionarme
qué nos significa la vida aquí, en esta ciudad
terca, con sobrepoblación de hormigas, enrentas
y autobuses urbanos.

Qué nos significan esas arcadas abiertas
o esa estación subterránea bajo edificios.
Qué nos significan a mí, que hago este poema,
o a ese joven cholo que atraviesa la plaza,
o a esa muchacha pensativa que algo aguarda,
o para aquel policía que resguarda el tránsito.
Qué, qué nos significa.


Pienso, en el recorrido que hago y he hecho los días
que vienen después de cada día, al inquirir
las paredes que laberintan esta ciudad,
que se encuentran en puntos iguales y distintos:
casas, plazas, comercios, hospitales, mercados
talleres, cines, fábricas.
Y que me hacen ponerle orografía a un mapa
de papel: el pliegue de acero y concreto armado.
Mapa que he recorrido sin haberlo notado.

Esta ciudad, this city, diesen stadt, cette ville,
o como se diga en todas las lenguas del mundo,
pero que tenga completa esta cartografía
que va de las lomas cuatrinas de Miravalle
a las orillas caídas de Huentitán el Bajo,
de las esquinas empedradas de Ciudad Granja
a la loza encandilante de Loma Dorada.

Cartografía, recorrida en el ver, oír
y tocar en los sabores que huyen de las casas,
en las palabras de madre en lucha y desamada,
en el color del vidrio y marco de sus ventanas,
en la dimensión y pueblo de sus azoteas
y hasta en el fermento de sus bolsas de basura.
De ésta, esta ciudad, pues
veo, oigo y toco estas casas que tranquilamente
se transforman en agujeros deshabitados,
cubiertos de una delicada tela de luz
en la fracción del llano

Veo, oigo y toco la orientación de las colonias
y barrios en la acumulación de sus antenas,
en las manchas anuales de sus grises tinacos
y en el espejo de la pintura de sus autos.

Veo, oigo y toco la inteligencia comunal
del pueblo de este jirón del país jalisciense,
en la extrañeza de Jardines del Bosque o Cruz
del Sur en su oblicuidad y multiplicidad
que me hacen sentir la piel del cielo en mi palabra,
al verla, oírla, tocarla, olerla, y al tomarla.


Verla, en la sinuosidad verde de Chapalita.
Oírla, en la estridencia de sus grandes telares.
Tocarla, en el acero suave del tren ligero.
Tentarla, en las puertas bruñidas del expiatorio.
Verla, en la saturación plástica de Obregón.
Oírla, en las cafeterías de Independencia.
Tocarla, en la variedad de sus timbres eléctricos.
Tentarla, en el rostro de las morritas lozanas
de las secundarias cerca del parque Morelos.
Verla, en el mosaico de miradas que transportan
los minibuses locos.
Oírla, en los chirridos y claxons a lo largo
y ancho de Alcalde y Juárez.
Tocarla, en el calzado y ropa que salen diario
de cosedoras máquinas.
Tentarla, en la mano esforzada de sus obreras.
Verla, en los mercados descubiertos de las plazas
del Sol, Torres y Abastos.
Oírla, en el canto de sus choferes que encienden
la vida de millones.
Tocarla, en el tallado de piedra de Belén
y Nuevo y Mezquitán.
Y tentarla en fuentes redondas de Lafayette.
Y verla, oírla, tocarla y darla como casa.
Porque esta ciudad lo que me significa, es: casa.
Casa-cuarto, casa-cocina, casa-cochera,
casa-sala, casa-azotea, casa-terraza,
casa-puerta, casa-banqueta, casa-colonia,
casa-árboles, casa-manzana, casa-avenida,
casa con el sonido de las nubes encima.

Casa de colonias vecinas y circundantes,
casa de colonia periférica, de barrio,
casa de condominio,
casa de edificio aéreo, casa en el centro,
casa del sol, casa de la luna, de los cielos,
en un sector y un sueño.
Casa, la que rehabitó la industria del comercio
en las casas del centro;
Casa recuperada por la industria y empeño:
los comedores céntricos.
Casas edificadas en el suelo de jal,
casas edificadas en las innumerables
barrancas y bajadas
o casas construidas en las playas de los ríos
como Montevideo.
De ahí, que siempre digo:
Guadalajara, significa casa, mi casa.
Por eso, sé de las casas, de todas las casas,
de todas las colonias y de todos los barrios,
pues ahí donde se reúnen sillas y camas,
lavabos y toallas,
alacenas y mesas, baño, estufa y recámara
entre paredes y ventanas, muros y puertas
verticales o planas,
yo, sé bien de las casas.

Casas como El Batán, Santa Teresita, la Atlas,
Jardines de la Cruz, la Morelos, Miramar,
todas son, nada y sólo, sino casas de casas.

Donde se puede crecer reventando zapatos
crecer en el verano y los partidos del pie
donde los autos, sobre la banqueta claudican
al sol y las revanchas

Casas de donde se sale a chutar un balón
o a batear al ritmo de la serie mundial;
o, tal vez y mejor, deslizarse en patineta
hasta toparse suavemente con otra calle,
para saber que se tiene una casa a la espalda.

Camino y ando entre las sombras y los semáforos,
ligado a la pluralidad de casas y calles
que he acumulado en este mapa de mis manos.

Y pienso, cuánto te he pensado Montevideo
tal si fueras un pájaro,
sobreviviendo y luego apoderándote, plena
y celestemente de esta comuna de acero
y cemento de piedra
que se alarga desde la limitada extensión
de una cuadra gris entre Ontario y Rubén Darío.

Mas yo, sin embargo, ya no pienso sino canto,
Canto, sí, aventurada y terriblemente. Canto
a esta ciudad que me acoge distinta y de modo
distinto sin parecerme la misma y la única.

Canto a sus hombres y mujeres, que la merecen;
canto a sus trabajadores y a sus pensadores;
canto a sus monumentos y sus tumbas no muertas.

Canto a todos los nombres
de sus calles, colonias, sectores y comunas.
Canto, canto libre a esta ciudad enclavada
en tierra jalisciense.

Libremente, yo canto:

Guadalajara, madre
que teje con hilos de asfalto, vidas fantásticas.

Guadalajara, vástaga
del país jalisciense, que crece con las manos
de todos sus trabajadores de cuerpo y mente

Guadalajara, ciudad
que se extiende entre el eco de una barranca vieja
y cerros con olor a lágrimas de mañanas.

Guadalajara, barco
fantasma, que me hace dudar si el mar no está oculto
en nubes, sobre este llano espinoso y desértico.

Guadalajara, fábrica
la de ensordecedores transatlánticos fábricos
que huelen a engranajes, cables, obreros y planes.

Guadalajara, templo
humano, de sonoras y ardientes voces santas
que son tentadas por la dulce voz del pecado.

Guadalajara, amante
que bien puede liberarse con alzar las manos,
después de arrojar los candados humanizantes.

Guadalajara, vida;
vida de días anteriores y venideros;
vida toda de sueños,
vida que hacemos al desplazarnos en el tiempo.

Guadalajara, muerte,
la muerte que nos pone en sus bolsillos de piedra,
con racimos de nubes, que impregnan a las tumbas
con el aroma perdido y violento del llano.

Guadalajara casa,
la que hace a los hombres escaparse del silencio,
la que cambia en poetas a los hombres pacíficos,
y a los poetas en perseguidos de si mismos.

Guadalajara calle,

sí, la de mi casa, que encuentro todos los días,
siempre con otro nombre,
haciéndome creer que el pasado se ha perdido

y que el tiempo que descarapela los letreros,
me descubre al empeño de la hermana memoria
con sus dos palabras que se niegan al olvido:
calle Montevideo.
Tomado del libro "Calle Montevideo y otros poemas"

Monday, July 09, 2007

Poemas a un cyborg








Poemas a un cyborg


(Frag.)




If Winter comes, can Spring be far behind?


P.B. Shelley


Mi corazón no funciona más, no trabaja,


no chambea, no bombea,


no sirve,


no late como siempre, como era en un principio.



Mi pies, por eso, no avanzan ni mi piel se renueva.


Mis manos son unos títeres caídos.


Mi vista hace del horizonte ondulaciones amarillas.


Como desde un martillo los sonidos van y vienen.



Y, junto a mi corazón, abajito, mi riñón dice:


¡sangre, sangre!, porque esa líquida carrera


va dejando de serlo, lentamente, entre el cloruro y el sodio.



Yo me pongo de lado como un competidor sin número, sin remedio:


soy un cuerpo cabezón, de costado y flácido, en la cama de este hospital.










En mi abdomen tengo enredaderas cablegramáticas


que envuelven a mi tronco como una cadena nerviosa:


mi cadera siente peso, siente cien espaldas y un pecho:


la piel de mi espalda pide grandes latidos para reandar bajo el sol


pide vello de dromedario para soportar la tela que la quema.



Mis pies son vallas derribadas, con el día se han ido las horas,


sólo queda un patio solo, una cama: quejumbre y cloroformo.



Hay un grito en la orilla de una pista imaginada,


desde donde wacho, por ventanas de metal, el estadio Jalisco


(se tocan mis puntas: la de mis pies con la de mi frente, no hay balón).



No hay caminante en mí, apenas una nada que quiere andar


como un barquito. En los arroyos trenzados de mi sangre


cae la lluvia en una ciénaga colorada en mí.



En mis venas ya no hay pájaros, es octubre debajo de mi piel,


aún así el invierno se avizora lejano: doy gritos eléctricos al día.


Me muero y miro los últimos atardeceres


con la mirada triste de unos zapatos viejos.


Y yo que tomaba mis días para las apuestas y las nubes,


yo que tiraba los días como piedras al agua,


estoy corriendo al centro de la tierra sin zapatos.


Un médico con manos de mecánico, que usa como regla y compás:


dibuja una equis entre mi cuello y el aire de un mosquito:


planea un calendario expresionista sobre mi pecho



-Amigo, usted tiene aquí un hueco haciéndose,


hay un corazón que cae al silencio- me toca


y dice que siente el ave.


-Ahora está plegando sus alas (lamento-suspiro: -aahhh!-).


Hace mucho mi madre lo echó a andar


abriendo sus piernas y ahora, un médico, ¡pretende saber


mi destino!, sin haberla conocido.



Él, toma una tiza húmeda y con el olor de las minas oscuras


continúa una carretera de equis equidistantes:


sigue y baja, sigue y baja,:


marca las huellas para el acero y el diamante.



Con un papel que llama mejor, calca la piel,


hace un mapa para su mirada.


Mañana, la piel será roja y nadie podrá espantar


el silencio envolvente de la sangre derramada


a pesar de que entren melodías por las ventanas.




En cada equis, viéndome al espejo, renuevo el silencio.


Veo mi rostro, por ahí pasaron los caminos


de una ciudad, un llano, un país, un rebaño;


toneladas de agua, cientos de cigarrillos


y soles y docedeoctubres y algunos besos y algunos pesares.


Aún veo un par de orejas desvergonzadas.



-Cuando cierre este pecho, volverá a tener


ochenta años de vida, por delante.


Ah! Y medicina ADN.


(¿Acaso doctor, ADN son las siglas de: adelante?)


-Pero no, no todo por delante. No lo olvide.


Nunca pierda de vista esa palabra


siempre téngala: aprésela, enciérrela.



(Antenoche oí a un perro ladrar a lo lejos, mientras soñaba


que me operaban


pero aquí, ya nadie sabe qué chingados es un perro en la noche)



Mis tetillas de viejo cuelgan y me digo:


¿me las dejarán para que al correr no se me olvide mi edad?


Las miro: son apenas dos pliegos de papel, del papel de mis antepasados.




Com’on, ffuucck. Vamos Doc, adelante: corte, extraiga, cambie


Go, go, go!!!


Pero sólo déjeme despedirme. Pero no haga esa sonrisa de imbécil.


Go, go, arree!!!, con estos pedazos de carne, salvémelos


que son aves que se están muriendo.



En una computadora usted me ha profetizado un nuevo rostro:


el de un viejo que corre feliz,


con un sol de fondo y una sonrisa de pendejo.



¡Esperen enfermeras! Yo, porque vivo a cincuenta kilómetros


de la cima más alta tengo que decirles (les grito)


que desde aquí veo Guadalajara: mi Wanatos, como a una mazorca


gris, desgranándose.


Allá había maizales, hoy sólo hay morritos


que entierran sus juguetes hechos en China.



Y porque vivo a veinte kilómetros del bosque mejor


donde pudiera vivir como un tecolote o un puma o una rana


y porque vivo a tres kilómetros de la fuente de agua más cercana:


déjenme enfermeras, morritas todas, mías, lindas; déjenme abrazarlas,


porque tal vez mañana no amanezca.




Nadando en la anestesia, sin goggles ni paletas,


pienso que ya no sé más de mi madre


(ella se murió un día por comer tuétano bajo la luz negra de la luna nueva.


Así decía el reporte médico, de un oncólogo. Eso decían


de my mother´s death).



Pienso en la luz y todo se apaga.


Antes de la cirugía, tengo las manos que se me van atando de sueños.


Me grito, de silencio a estruendo: ¡duro carajo, a vivir, a vivir: Viva Cristo Rey!


(cállese viejo!”, creo oír a un pinche enfermero joto).



Por la jeringa recibo el agua pesada


que fluye, cae, atraviesa mi cabeza, costillas, caderas


y cae,


sale por mis uñas, baja las escaleras


y se detiene al borde de una cloaca,


cuyo fondo es el punto donde se sostiene el mundo.



Rezo, rezo por que despierte mañana para tocarme de nuevo.


Y sentirme entero al confirmarme los huevos, mi verga...






¡Alárgueme el invierno, por favor doctor!


¡Ajuste bien ese tendón con ese tornillo!


¡Apriete bien esa tuerca a esos huesos, a esas venas!



¡Doctor-mecánico, aquí está mi alma,


...pero a esa no la toque doctor,...no... no la toque... carajo!


Ella está a un lado, donde inicia mi brazo derecho


cambie usted lo que pueda sin lastimármela.



Ahora, señores mecánicos, tomen su instrumental,


sacudan mi calavera, jálenla fuerte y cuando la tengan tendida en el piso,


señores, hagan el cambio, pongan esas ruedas, o ¿son engranes?


Esas mangueras, esos cables, esas memorias de silicio, esas fuentes, esos sensores,


esos chips, todo eso seré: me pertenecen, les pertenezco.



Luego, al final, cuando me cierren con hilo, enciéndanme


como a todas las máquinas


y, luego, déjenme en una cama, en una cama de hospital


como a todos los mortales.



Para levantarme, mirarme, mirar las estrellas, sobar mis tendones


arrancarme vello del cuerpo.


Qué más, sino estar listo para la segunda parte del viaje.



Me dicen que fueron muchas horas


cuántas: muchas horas,



¿cuántas?


Grito ( )



Nadie responde



Debajo de esta sábana limpia y blanca, mi cuerpo horadado


tiene un candado analgésico: mis músculos, mis nervios, mi carne toda


dormita con viejos amores, mi mente con odios vivos como el de la venganza


como el de la hiedra que renace con la lluvia



Me toco lentamente y todo esta ahí:


como una montaña quieta aparece mi vida


de entre la neblina, me detengo en salientes de conciencia


en mi lengua y labios agrietados y secos están presos


los olores del instrumental electromecánico.



Recorro la sábana: hay dos piernas quietas:


venas nuevas, músculos de metal. Duermen.


Las viejas piernas estaban llenas de sal y arena, ahora


tengo dos nuevas para volverlas a llenar de mierda.



En la mañana camino hacia un espejo, las costuras


suenan como amarras de puente colgante (cable, tornillos y soldadura):


rechinan, con el paso de las caravanas de músculos -en el Golden Gate, durante


doscientos años, los flesh and bone han comentado que así suena el puente -.


Ante el espejo:


hay un falso hombre viejo, hay un falso hombre joven.


Sólo hay


un hombre



nuevo



ante el espejo.



Me despido de la lentitud, de la pesadez, del agotamiento


de los días sin carne ni comidas sólidas.


Le digo adiós a las úlceras, a los intestinos sueltos, a la ceguera.


Ahora, tengo un corazón latiendo automáticamente


como relojito, el ca’n;


entre mis costillas de aluminio y lo que queda de mi carne.



Sanísimo plástico, yo ante mí mismo desnudo:


mi piel: mitad lona, mitad cuero, anda sobre una percha nueva.




Estiro un brazo, lo siento recién engrasado.


El otro brazo sube y baja digitalmente, un poco de sol lo toca


por vez primera.


Los dedos responden jóvenes, como cuando cortaba


naranjas (allá en el rancho) y gritaba al norte mi esperanza



Este pinche sistema nuevo ((¡¡a toda madre!!),( entre la sangre))


de extremidades y órganos que huelen a nuevos, se mestiza.


Siento cómo se funde con la carne: funcionan y trabajan entre mi biología.



Estoy moviendo un brazo cuando una enfermera llega, me ánima,


tiene en la cara la visita de un correo bueno y su caballo.


-Ya lo mueve! Muy bien, muy bien! Su brazo biónico, ¿eh?


Cómo se siente, ¿eh?



La miro como miraría el zorro a una paloma: suavemente,


en el instante anterior a cortarle la cabeza


y deseando deslizar un dedo debajo de esa falda blanca.


Sin embargo le contesto:-Bien, gracias.







Apago la luz, para mirarlo, toco con la mano fuerte, separo los dedos y ahí está:


un pálido resplandor fosforescente (el médico-mecánico me aconsejó verlo)


Veo sus latidos. Todo el misterio está ahí: un centro que late.



Ahí, el punto central del sistema. Y ahora... qué?


Debajo del foco ciego y solitario de mi habitación, sin un mapa,


sin un manual de instrucciones para mí mismo y


con el acero dentro de mi cuerpo, siento el llanto de los tornillos


que me hace pensar como un apóstol:


para qué este aspecto humano de metalurgia y sistemas?


¿Cuál es el evangelio del golem, del cyborg, del robotoide?



Me miro y sólo tengo la certeza de ser tan sólo un viejo puñetero


que ahorró su dinerito para arriesgar su pinche vida en una cirugía


que le diera otros ochenta años más de vida, colgado de mecanismos.



Unos mecanismos ferrosos e imperturbables


a los que se les puede leer números de serie:


a mi apellido ahora se le puede agregar un 867dff65


o tal vez un código de barras, negras y verticales.


Y pensar


que mis células apenas si sabían de sí mismas.




La primera comida entra a mi boca, en mis encías:


hay dientes de metal


que un orto-dentista sembró en mi boca:



mientras yo dormía el sueño del ahogado; él, puso tornillos, como macetitas,


donde cruzan palabras verticales y nacen las ganas de un bistec


de una pulgada de grueso, asado; bajo el sol, bebiendo tequila


y con los amigos mirando el poniente.



Mi mandíbula sostiene, atornillados, desarmadores


que degollarían un cardumen entero (un filo tenebroso se deja ver).


Sí, dientes tallados en el crisol de los tornos y los cepillos;


en ellos los segundos crepitan.



Cuando me vi en el espejo, me dije mirándomelos:


-En mi autorretrato tendré dientes (perdóname Cervantes),


escribiré de encías pobladas de dientes, blancos de porcelana


para un bistec


de una pulgada de grueso, al sol, bebiendo tequila


y con los amigos, en un parque mirando el poniente.





Mi boca es trituradora nueva, pero mi lengua pala vieja


endurecida por las palabras y el tequila


serpiente vieja y mañosa, mi lengua sabe de todas todas, de los frutos de la tierra,


del pan, del grano, de la pitaya y el tejuino, de la lengua de las mujeres.



Por mi boca sé que el acero y el hueso me llenan, me forman.


Por mi boca mido la gravedad, para que mi cuerpo


con sales se mueva en la tierra y el mar, aspire al cielo.



De mi boca sale el olor a tierra, aquella que aspira a pasar las nubes


mientras mi alma aprende el vuelo.


De mi boca sale el fermento de lo que una vez fue alimento


(que desea ser semilla para ser tragada por el pájaro


del que soy culpable de espantar, de matar de hambre con jugos


y concentrados para la máquina que llevo dentro).











Yo no sabía qué parte de mi yo-máquina


estaba expuesta a la oxidación, pues alguien me dijo


que beber agua era más peligroso


que cruzar las calles con los ojos cerrados.



Pregunté al médico-mecánico


y me dijo:


-No te preocupes, no lances mensajes al ciberespacio,


deja al papel combarse con el paso del agua.


Los autos bajo la lluvia no se doblan, tú tampoco.


-Ah, bueno, ‘ta bueno doc


(pero no mame con esas solemnidades).














¿Doc, de dónde sale este pinche vigor a mis ochenta años!?!?!


Estos fierros que acaban con la nostalgia de viejo!?!


La nostalgia que tantos tuvieron el día que dejaron apagarse y se murieron!?



¿De dónde sale Doc? ¿Acaso sale de beber y no de comer?


¿Sale de un líquido que entra con el aspecto de una malteada


y que sale oscuro y sucio como el aceite de los autos antiguos?



A mi boca, con la que puedo morder como un perro,


NO entran las carnes del cerdo, de la res y la cabra


(triste tiendo la carne y la miro en medio del maíz).


Pues, ahora, sólo aceites y compuestos para el cyborg.


Y mis tripas y bombas y depósitos echan el veneno pa’fuera


con la voluntad del plástico (un corazón mecánico


y la alianza de unos objetos termo-formados empujan).



Adiós al bistec


de una pulgada de grueso,


al sol, al tequila, al parque y al poniente.







A mi casa, he regresado mestizo de metal.


Me río, que digo me cago de risa, pues no me fui al deshuesadero.


No me deje aún echar a un fosa oscura, a una cripta


como los restos de un cigarro.



Ahora, ante mis viejas cosas que me reciben sonrientes,


sé que hasta puedo salir de caza y alimentarme a mí mismo,


matando con estos brazos mecánicos y el deseo de este puño menos rojo


ahora puedo romperle al ciervo la fuente de su aliento,


fulminar la rapidez de la paloma, el vértigo de la cabra,


el reposo del cerdo, la tranquilidad de la carpa.



Antes no podía ni rebanar un trozo de pollo muerto,


era incapaz de hacer crujir la grasa del cerdo muerto,


me pesaba el silencio de la fruta que no podía morder



Y subiendo mis pies a mi vieja mesa de madera sé


quel hombre muere cuando no tiene lana, billete


para pagar cirugías y doctores,


que le permitan


seguir devorando los frutos de este mundo contaminado.





Tengo setenta y cinco años cumplidos. No, miento.


Tal vez, tengo noventa y siete años


No.... sólo sé que estoy en la víspera de cien


o ciento uno?


En este desenlace, a mis injertos, de metal y polímeros dulces,


a mis pocos trozos de músculo les digo,


como un gigante diría en Lilliput:


-¡Qué buena esta segunda parte, eh, hombrecillo bribón!



Porque despues’n de cumplidos los años


(le doy un beso a mi cuenta de ahorros)


sólo me queda decir:


En este cibernético mundo, el que no tenga un seguro de vida


es más frágil que una mariposa tropical en un invierno canadiense.



Recuerdo el último dólar pagado, su olor esta ahí grabado, en la foto fija


a esa agencia de seguros, la que te protege contra la vejez


soy un Lázaro, con tarjeta electrónica de pago.



Yo tenía una agenda para mis seguros, con mi nombre


con la que acostumbraba contratar: en enero nacían las cuentas.



Miro la lista de seguros que he comprado: células madre, congeladas


Atención médica especializada: enférmese en cualquier parte del mundo


miles a pagar en tantos años, OK, Bien (Akí está el billete).


Seguro de vejez, cesantía, ataque nuclear: Ok, sí, sí, sí... le entro.


A todo asegurador decía que sí, pero nunca aseguré a mis perros


no soportaba la idea de comprar un seguro para un perro cyborg, pero ahora


que viviré tanto...no sé...



O h, Jesús, sólo queda ir viviendo momento a momento y usando la memoria


para recordar la vida de los nietos.



Porque cumplir años significa tener tantos nietos viejos como viejos años,


porque los dos, como dos gemelas viejas, son difíciles de diferenciar.


Así que en este, matemáticamente, tercio más largo de mi vida


mis nietos, bisnietos y tataranietos son


(además mi cuentas de seguro, lo único valioso):


consejos para las vacunas, los injertos y las medicinas


que les prolongarán la respiración y el vómito


como a mí mismo lo habrán hecho.









Toco mi corazón esta noche, lo provoco,


lo azuzo como a un perro detrás de una reja.


Pues sé que está allí, ese Jack rojo, escondido y palpitante,


a punto de aparecer, a punto de lanzarme una tarascada metálica.



Lo toco en este primer día del segundo año luego de los injertos,


cuando he firmado con mi propia sangre la liberación de mí mismo.


Ya puedo, entonces, retirarme de las manos del doctor-mecánico


que hacía sentirme guiñapo con esos discursos de bio-engranes,


con eso de “es mejor estar metal-plastificado que muerto”.



Toco mi corazón y recuerdo su:


-Está libre, amigo!! JAJAJAJA...ya no es más mi paciente.


Los engranes se han pegado (me toqué el pecho en ese instante).


Su carne (lo que queda con ese nombre) se ha pegado


a los émbolos y a las chumaceras.


Ya estoy reunido. Dice ahí un certificado.



Soy libre!!! (Me golpeo como Tarzán)


De las condenas, de los horarios, de los chequeos


Ni me quejo sanamente: grito:


-AAAAAAAAAHHHHAAHAHAHAHHAAAAAAA


(Mí Trazan, Tú Jane).



Al número cien le tengo respeto como al mar:


cien es el último puerto serial para mi humanidad:


es un puerto de donde puedo partir de mí mismo.



Cien años: cuántos hombres soñaron pasarlos


un día tan sólo, uno más. Cien:


día cuando se iguala la baba de la infancia con la de la vejez.



Qué hubiera hecho César con cien años? Cuántas mujeres, cuántos maridos?


Cuántas tierras hubiera tomado Pedro de Alvarado?


Cuántos años hubiera durado la dictadura de Juárez?


Cuántos Waterloo (no, insoportable:


Santa Helena sólo una vez)?



Cien años escribiendo un libro: cien años para criar un río,


cien veces recoger el trigo, el maíz, la papa: cien años detrás de hornos,


cien años de vacas, leche, queso: supermercados de colores,


cien años llenando estantería: archivos USB,


cien años pateando balones y llenando maletas: los hijos


cien años tendiendo cables y tejiendo mantas: la vida urbana


cien años en los hilos de la araña:____________ (llénese al gusto).





PERO, Pero (Pero fue alguna vez Pedro?)


a los cien años un día, ponerse en lista


para aprender un idioma nuevo, aprender la ciencia del beisbol


aprender los instrumentos de casa: el horno microondas.


Mis primeros cien años fueron incomprensibles:


nunca supe qué es lo que se enfría realmente dentro del refri,


quién mueve las aspas de la lavadora, por qué el auto se conduce con un volante?



Los próximos cien serán para cambiar tres veces este país,


serán para inventar un sombrero que no vaya en la cabeza,


para hacer un par de zapatos por mí mismo.



Pero, pero a quién le importa la virtud de conocer el tiempo?



Y es que


Hoy



A los 100 (¡Cien años!, ¡mierda!, si apenas ayer era un morro),


a los cien un médico dice (sin que nadie se ofenda):


-Tu corazón digital se ha vuelto biológico, tiene un latido


de paso por tierra, como de un pie por el asfalto (apenas siento


el rechinido de tanto metal dentro de ti…ya no se oye como un…


...un submarino bajando a las profundidades).



En el año D+1, digo: -Los de mi camada ya se han ido.


Lanzo confeti de chips por estar vivo.


Y yo que comentaba hace cincuenta años: me hubiera


gustado ver el fin del mundo: cuando se rebelen los jodidos africanos,


cuando los chinos invadan Rusia, cuando los americanos olviden el inglés,


cuando los brasileños hablen castellano, cuando los hispanos hablemos matemáticas,


cuando Jalisco sea oficialmente una nación,


mientras caminaba entre los autos y sus ruidos.



Y hoy que todo aquello veo como un pájaro,


para no caer en el patio de los remordimientos,


prometo en honor a mis camaradas caídos que con esta primavera:


aprenderé los secretos de la programación


y diseñaré sistemas que me permitan penitenciar la soberbia


y diseñaré sistemas que me permitan tranquilizar la ira


y diseñaré sistemas que me permitan atemperar la lujuria


y diseñaré sistemas que me permitan laborear la pereza


y diseñaré sistemas que me permitan hambrear la gula


y diseñaré sistemas que me permitan bondadosear la avaricia


y diseñaré sistemas que me permitan humildear la envidia



. Esa es mi promesa: meter el tiempo sabiamente


en una pajarera de metal y carne, con un zipper en vez de puerta.



Год сто больше один (Año cien más uno),


el pasado se funde, se va a la papelera de reciclaje.


Hay en la electricidad un ímpetu de floración.



En este día “+1”, los lazos se reenchufan,


como la pantalla donde me reflejo, con un tiempo


como tahona que muele las fibras


que nacieron en alguna primavera.



Reflejado, enchufado al calendario


que vuela como un flash entre la gente


flash luminoso de las escenas,


renuevo el pacto que hice alguna vez (el holograma lo atestigua).


Espero no olvidar la caducidad del disco duro, mudo y olvidadizo


Espero no fingir, incluso, ser libre


como lo hice en mi pasado siglo personal.


Ahora sólo okupo más que electricidad


para cumplirlo.








En el año D+1 día hay lamentos y dolores,


ajustes de tuercas y procesadores,


donde hay la desesperación del que reinicia:


un viejo bebé híbrido,


dando pasos pequeños en el infierno o tal vez


en un purgatorio, donde


no vale madre si se es católico, evangélico, budista o musulmán;


donde se vive atestiguando la melting-pot digital.



Donde se miran en una pantalla el hambre y las guerras,


donde la injusticia y la matanza suceden


ante tu propia nariz plástica,


y donde, además de las cucarachas,


quedaron vivos el vicio y el deseo.












En este año no me preocupa que me atrape una guerra o me dé diarrea.


E incluso EL HAMBRE ya no me aterra, como tampoco EL DESEMPLEO


COMO ESTOS CIEN AÑOS PRIMEROS


me preocupa que se me acabe la energía eléctrica, que no exista más la electricidad



Que no haya más encapsulamiento eléctrico



Sin electricidad de bolsillo qué haría? Mi corazón se detendría. Qué horror!


Me revolcaría igual que un infartado? Moriría como el envenenado?


O simplemente me apagaría como uno de esos robots


que pasan de ser máquina a estatua de metal,


varado ahí donde el último volt pasó


y se volvió joule que se disipó en el aire frío.


Entonces


mi alma quedaría en medio camino entre el infierno y el cielo,


Acaso en algún electrer? En donde? En el limbo?


No, en el limbo no, pues EL LIMBO YA NO EXISTE.









¡PILAS, PILAS, para seguir escribiendo poemas!


para que mi corazón siga funcionando


para que mi pie de titanio gaste zapatos de cuero


para que mi mano de cromo sirva el café en el agua matinal de una taza


para que mi riñon siga escupiendo basura desde la sangre


para que mi pito aún aspire a levantarse como un gallo


para que mi ojo vea a la distancia pixeles escondidos


para que mis venas no regurgiten plástico


PILAS Y MÄS PILAS


Traídas de China o de Korea, de Rusia o de América


en un bote de velas, en ferrocarril diezmado, en un tranvía con alas


Qué más da: en un jolín blanco.


Pilas Y sólo Pilas. Más Pilas.