Monday, June 04, 2018

Puentes vacíos


Puente vacío

Una boca sin aliento,
una mirada sin pupilas
un saludo sin dedos
un árbol deshojado, ni aves;
una multitud en silencio.

Un puente sin andante,
sin zapatos, sin manos oscilantes, sin sombras.
Un silencio, una no multitud.

El puente vacío que hay en todo puente
ha dejado de ser latente.
Puente vacío, silencio de manos al aire,
silencio de la boca y sus partes, ni una imagen;
silencio de los ojos, no hay lenguaje.

Puente vacío: un muerto:
en sus labios no habrá más saludos, ni viento, ni sol.

Un muerto.



Puente vacío al sol

¿Quién ha sido ese hombre
que pasó del todo a la nada,
el que dejó la soledad
del puente vacío, rota?

¿Por qué su voluntad se decantó
en un falso paso rápido, pseudo-veloz,  lleno de azar
hacia una vulgar línea asesina,  ancha en su concreto,
alta planicie insegura

en lugar de viajar por un balcón perpendicular,
en lugar de tomar un camino seguro y suspendido
a ocho silvestres metros del trasiego?

Dejarse dar a la calle en lugar tomar la media vuelta.
Dejarse ir sumir la testa en un profundo río de metal
hasta desangrarse en rocas horizontales
y la espuma propia.


Un  puente vacío, en la larga y mora
tarde que se tiende en el centro del día,
huele a lluvia perdida:
ha sido verano seco, triste de manos,
aroma a mezquite, dátiles, guamuchil y albahaca.
No hay lugar para setas, hongos y tréboles,
ni garbanzas de La Barca.

Así salen mis palabras en la víspera
de un otoño de sinfonía marchita,
de colores mate como el gris de un puente.

De ese día me ha quedado la camisa sucia
del parloteo morboso del gentío, arremolinado a deber.
Hubo gente rumbo a casa, a un trabajo desconocido,
a un café crepuscular, a un gimnasio
imposible, a un prometido beso.

La vendedora de flores era la única quieta
pero no está muerta, como el muerto aquel
del puente aquel que se quedó a deber.

Thursday, February 07, 2013

La carretera


Las cañas mudas


Si me dieran a escoger
un pedazo de carretera,
escogería uno
no entre las carreteras
que llegan a puertos alegres
ni de las que van a ciudades maravillosas;
escogería uno,
aquel pedazo que contenga
la visión de una trilladora
que avanza en el medio
de una nube de polvo.

Uno con pájaros que sigan la huella
de los granos furtivos de la cosecha.
Uno con un conejo
que zigzaguée al sonido de las palas
que decapitan las cañas del trigo
volviéndolas mudas, sin campanario;

un pedazo de tierra curvo, de vista amplia
circundado por un arco de asfalto,
desde donde yo, de punta a punta y con canto
pueda ver ambos lados de la tolva
salpicada por el chahuistle rojo y 
azotada por los ladridos de los perros
que saltan al perseguir la huidiza liebre.

Ese pedazo escogería yo, y no lo tomaría
con ninguna cámara
tan sólo lo dejaría perderse, confiadamente, 
como a un perro dócil en una parcela.

Todo es rugby


            Todo es rugby
                            novela, frag.

Ahí estaba yo: echado en el sillón viejo de la sala, frente a la tele vieja; viendo cómo el árbitro silbaba el final: Sudáfrica había ganado la Copa Mundial de Rugby Francia 2007. Le habían ganado a los ingleses, quienes creyeron firmemente que podían ganar y repetir el triunfo que habían logrado cuatro años antes. Al menos eso era lo que decían los comentaristas argentinos.
Era el segundo partido que veía de rugby en mi vida, y eso gracias a una “TV por cable” que mi madre había contratado luego de haber entrado a la maquiladora aquella, la que en un principio y que durante algunos años dio buenos tiempos a una casa de escasez frecuente.
“Quince a seis, ¡mis respetos, cabrones!”, dije en voz baja, "cuadrándome a la militar" hacia la pantalla, mientras los sudafricanos levantaban la copa que habían ganado arduamente frente a los ingleses, cuyos rostros sucios, sudorosos y enfadados enfocaban las cámaras.
Un día antes, los argentinos habían ganado contundentemente a los franceses en la lucha por el tercer lugar. “Argentina, ¿tercer lugar mundial en rugby?” me preguntaba sorprendido una y otra vez desde el momento que apagué la tele. Y es que, en Guadalajara, los argentinos o bien se dedican a jugar fútbol o bien a vender carne asada. Así que ver jugar rugby, sorprendido como estaba, a esos “chés” que hablan un español confuso, con un acento italiano, me costaba trabajo, trabajo al verlos jugar en un tú-a-tú contra ingleses, franceses, australianos y  sudafricanos.
¿Pero por qué me había parecido sorprendente? Después de todo en Jalisco, en ese momento no sabíamos nada de rugby. Bueno, pues yo, al menos, lo sabía desde apenas dos días antes, y eso por casualidad ya que había entrado a ese canal de deportes, buscando en qué entretenerme, pues el hecho de no haber salido en las listas de admisión de Preparatoria me había dejado sin actividad alguna, por lo menos de las productivas. Mientras que, en Argentina, llevaban ochenta años jugando, y jugando bien, como los británicos.
Los argentinos habían ganado treinta y cuatro a diez a los franceses. Con un juego demoledor. Eran dos equipos formados por guerreros que corrían y luchaban en el campo tras un balón que la mayoría de las veces no se veía, cosa que me mantenía confuso, pues en ese momento yo no sabía ninguna regla, sólo las intuía, aunque gracias a la explicación de los comentaristas, aquellos argentinos, pude comprender algo del partido.
Así que, mi primera impresión del rugby estuvo empatada con mi primera conclusión sobre los argentinos: es un deporte de ingleses que se puede jugar en español, en el cual hay que darlo todo, y otra cosa: donde los equipos chicos se miden contra los grandes, de una manera esforzada y disciplinada, aunque pierdan, como en la semifinal Argentina contra Sudáfrica, o como en la Guerra de Malvinas, guerra en la que, según Humberto, el Jume, el novio de mi madre, aunque los ingleses los hayan pisoteado con sus Harriers y sus Gurkas, hace muchos años en el Atlántico Sur, los argentinos les dieron la pelea.
Me metí a la cama y mientras me vencía el sueño recordé que, al día siguiente, después de Misa, evento al que mi madre nunca faltaba, a pesar de sus contradicciones, al menos las que le creía yo, ella iría con Humberto al Parque Metropolitano, ya que desde hacía días venían diciendo que irían con algunas de sus compañeras costureras y con sus esposos o novios o pareja, así como con algunos de sus hijos, a pasarla juntos ese domingo para salir un poco del ambiente de tensión en el que había caído la alguna vez feliz maquiladora.
Mi madre como la mayoría de las que trabajaban en la maquiladora textil, era madre soltera. Era mi madre, pero era soltera como la que más de ese grupo, a pesar de que si por ella fuera hubiera dejado la soltería desde hacía mucho tiempo atrás. Mi padre, también soltero y que para esas fechas debió tener más de cuarenta, era un tipo al que conocía, pero al que jamás veía. A él jamás le había interesado la responsabilidad que había contraído al procrearme, de ahí que siempre le agradecí a mi madre el haberme puesto sus apellidos de soltera y el de, sobre todo, haberme dicho y nunca ocultado quién era mi padre.
Otra cosa de Margarita, mi madre, eran sus novios, ellos eran siempre de dos tipos: unos, los buena onda, los “leñas”, que nos sacaban a pasear a ella y a mí, pero que a pesar de los buenos deseos de mi “jefa”, nunca se animaban a dar “el último paso”; y los otros, en cambio, simplemente eran los típicos vatos que sólo iban por un rato de diversión en medio de las piernas de ella, sin importarles lo que Margarita quería de la vida. Sería por eso que nunca tuve hermanos.
***
-¡Ya nos vamos al parque, Míke! ¿Estás seguro que no quieres ir? – me preguntó mi madre, mientras caminaba hacia la puerta, llevando una bolsa grande en la mano, donde llevaba los lonches y demás bastimento que había preparado para aquel día de campo.
-¡Vamos Míke! Allá nos echamos un partidito. Van ir muchos morros como tú, allá formamos equipos y nos ponemos a darle al balón, ¿qué dices?.- decía el Humberto, el Jume, parado en la puerta, bajo una gorra de los Diamondbacks de Arizona, lugar donde había trabajado varios años. Él me animaba, mientras con una mano sostenía su mochila y con la otra una bolsa con refrescos -. ¿O, lo que pasa es que quieres quedarte viendo la tele todo el día? – me dijo en tono de burla y esperando que le contestara afirmativamente.
-Quiero ir al Internet.- Les dije mientras me tomaba un vaso de agua, en la cocina, la cual se veía perfectamente desde la puerta de entrada donde estaban parados.
- ¿A cuál Internet, si el de doña Chayo está cerrado y no creo que haya uno abierto hoy domingo por aquí cerca? - preguntó mi madre con un tono de imprecación y empezando a desesperarse.
-No, ya lo sé que está cerrado, más bien pensaba ir al centro. Arre, me voy con ustedes y me quedo en alguno que encuentre abierto. Allá hay muchos - les dije mientras dejaba el vaso en el fregadero y tomaba mi gorra del sofá viejo.
-¡Vámonos pues, si ya lo decidiste, vámonos! -. Me dijo mi madre, mientras alistaba sus llaves para cerrar la puerta, dejándome un pequeño espacio para salir de nuestra pequeña casa de interés social.
Mi madre y Humberto iban felices: era su día de descanso, en cambio a mí eso de ir hasta el Parque Metropolitano, no me habría hecho feliz para nada. Si bien es cierto que cuando fui niño siempre disfruté de esas salidas, una vez que crecí dejé de acompañar a mi madre a todos lados, o ella de llevarme consigo, situación que de algún modo cambió nuestra relación.
Ir a ese parque, recuerdo, era un largo viaje, era un largo camino en “L” que significaban unas dos horas en camión. Al principio valía la pena ir sobre todo cuando era un parque lleno de árboles y césped verde, hoy tiene muchas construcciones que lo hacen parecer más un parque de diversiones que un lugar  campestre.
Yo me bajaría ahí donde doblaba la “L”, en el centro de Wanatos. En ese lugar ellos tomarían otro camión rumbo al parque, de hecho en ese punto se habían quedado de ver con algunas de las costureras. Y efectivamente, al bajar del camión urbano en esa parada, ya estaban algunas de ellas con sus bolsas y cosas para día de campo. Supe que otras llegarían allá, eran las que tenían coche.
-Nos vemos en la casa, en la tarde - les dije al separarme de ellos. Mi madre me dio un rápido adiós con la mano, entre risa y risa, pues sus amigas-compañeras se burlaban de ella por ir como una jovencita con galán, con Humberto, tomados de la mano hacia la parada del otro camión, el que los llevaría hasta el parque.
Al Jume, que era como le decían desde niño, yo no estaba seguro en qué lado debía ponerlo hasta ese momento: si en el de los indecisos o en el de los gandallas. Aunque llevaba de novio casi dos años con mi “jefa”, la Margarita, yo estaba por ponerlo en una nueva categoría: los “comodinos”, por ser un buenazo sin iniciativa, pero sobre todo porque también era costurero. Y es que en esa época, los costureros me parecía tenían una mirada que se les perdía en el rostro -cosa que me repugnaba, dado que percibía lo contrario en las costureras.
Mientras me alejaba en sentido contrario, simplemente voltee sin detenerme, los miraba: allá iban todos, platicando y riéndose, camino a la esquina donde tomarían su camión. No se dieron más cuenta de que aún los veía mientras caminaba alejándome, a la Mago y al Jume, con sus amigos.
***
Caminé por algunas calles del centro y después de haber recorrido unas cuantas, luego de ir buscando cuadra tras cuadra sin éxito, me encontré con un “Cyber” abierto, el cual parecía una especie de salón de clases con una gran puerta que daba a  la calle, en él había unas computadoras sucias entre tres paredes sucias de un descolorido tono azul claro. Detrás de las pantallas estaban algunos tipos raros, de esos que tienen dibujada la soledad en el rostro. ¿Sería, pensé, porque era domingo y porque era el centro de la ciudad? Pero es que, ¿dónde más podría haber un cuadro semejante?: tipos descuidados, sin peinarse, ojeras y rostros demacrados detrás de unas computadoras, las cuales tenían una capa de polvo y manchas de café y refresco en sus superficies. Casi hubiera apostado que estaban cibernavegando en sitios pornos. Mientras ese pensamiento cruzó mi mente, uno de ellos me miró, causándome un mal presentimiento. Sentí la mirada del depredador, así que había que poner tierra de por medio, me senté en una computadora alejada de ese maniático de mirada gris: “pinche loco puñetero”, dije en voz baja mientras me sentaba. Encendí la máquina y empecé a navegar con el  motor de búsqueda: teclee la palabra “Rugby” en el cintillo y esperé a que aparecieran lo que la Internet me traía a la pantalla:
“Resultados 1 - 10 de aproximadamente 85,900,000 páginas de Rugby. (0.15 segundos)”.
Eso era lo que había salido en la pantalla: ¡Ochenta y cinco millones novecientos mil resultados! Vaya, eran muchos. Entonces modifiqué las propiedades del sistema y sólo elegí español, “Rugby en español”, me dije en “entredientes”, por supuesto, después de todo, los argentinos habían ganado el tercer lugar y hablan español:
“Resultados 1 - 10 de aproximadamente 2,590,000 páginas en español de Rugby. (0.23 segundos)”
Bueno, este está es más manejable, pensé, mientras empezaba a otear por las páginas que me sugería el buscador, la Wikipedia por delante:
“Rugby - Wikipedia, la enciclopedia libre  El fútbol rugby, popularmente conocido…”, descripción del deporte, luego pasé a otro sitio:  “Rugby: Torneo Seis Naciones, Tres Naciones, IRB…”, entré al sitio de la “Federación Española de Rugby. Sitio web oficial del máximo organismo…”y  entonces descubrí algo que fue decisivo para mi afición:
“International Rugby Board - Home   - [ Traducir esta página ] Rugby World Cup Official Web site. ... “. Mi mente se detuvo un momento, mientras veía el sitio de la FIFA del Rugby, y es que jamás había cruzado en mi mente que hubiera un organismo para este deporte. Mi asombro venía, creo, de que no había imaginado que existiera una cosa tal, ¿por qué no lo hice? Pues si había un Comité Olímpico Internacional, ¿cómo no me había puesto a pensar que había una Organización que se encargara de organizar, promover y difundir este otro deporte? Bendije la Internet y eché la culpa a que este deporte no era de la cultura hispana, ¿Pero quién dijo que no lo era, si navegando por la Red, revisando la lista de posiciones de equipos del mundo, vi que varios países hispanos estaban bien posicionados, incluyendo España? Y me quedé pensativo frente a la pantalla, en el cyber, mirando más allá de la puerta y sobre la calle a la que daba la misma. Claro, traté de no mirar hacia donde se encontraba el depredador, el tipo aquel que seguramente en ese momento miraba un sitio porno, y que constantemente levantaba su vista, barriendo con la mirada a su alrededor, esperando encontrar a alguien que lo estuviera espiando para lanzarle una mirada amenazante.
Entonces pude asegurar, a mí mismo primero que nadie, que el Rugby también era para los hispanos, ya que hacía tan solo dos días Argentina había jugado por el tercer lugar en el Campeonato del Mundo, y lo había ganado. “Pero si los argentinos no son exactamente hispanos”, decía en la secundaria mi maestro de historia, quien nos contaba, como buen fanático del soccer que los argentinos eran una mezcla de gente de varios países, incluyendo ingleses, argumento con el cual, según él, no los hacía completamente hispanos. “Pero si hablan castellano, si lo son”, en cambio me decía mi maestro de español.
Pensativo como estaba, con pensamientos que se me iban y venían entre la lengua castellana y el deporte, llegué a la conclusión que más bien la situación era que yo estaba en un lugar atípico, donde no se conocía y prácticamente no se jugaba ese deporte, pero que nada más era cosa de asomar la nariz para darse cuenta de que en todos lados se practicaba el Rugby.
Mientras recorría ese sitio WEB y para mi sorpresa, yo que en ese entonces no hablaba inglés; encontré algo en español que me paralizó y que contemplé como si fuera un tesoro al cual hubiera encontrado para mí solo: Las reglas completas del juego en español, más algunos capítulos para entrenamiento del juego, “¡Internet, la magia de Internet!”, dije, mientras me venía a la mente esa frase comercial, sin recordar en dónde ni de quién la había oído.
Toda la información que uno desearía encontrar, con una búsqueda mínima, instantánea, y además abundante, había sucedido ante mis ojos. Era la panacea, el oráculo, de la que había escuchado muchas cosas extraordinarias, de boca de mis maestros de la secundaria, quienes hacían, fervientemente, algunos porque no todos; proselitismo como si se tratara de una nueva religión. Sí, me había sucedido esa tarde de viaje al centro, en un cybercafé abierto en domingo.
“La lengua es como el agua, se filtra por todos lados y se decanta. Hay que encontrar ese pozo a donde se decanta toda ella con sus ideas”, decía mi maestro de español al final de cada clase. “Tenía razón Profe Alfredo”, me dije, mientras leía las reglas por primera vez.
Pasé tres horas en el cyber, visitando ese sitio y otros que encontré, como el de la Federación Argentina de Rugby, que era la más grande, la de Chile, la de Uruguay, Venezuela, Colombia, los países centroamericanos.
Luego de muchos sitios visitados y de haber hecho una selección de lo que para entonces fue lo más importante para mí, imprimí lo que consideré necesario para estudiarlo en casa.
Me dirigí al lugar donde habría de tomar el camión rumbo a casa, a la esquina donde unas horas antes había llegado, acompañado de Margarita y Humberto, en el centro de la ciudad. No sé cómo, pues, pienso fue sin querer, al menos así lo creí, pero una cuadra antes de llegar a la esquina esa, me desvié. Seguí caminando y llegué a una tienda de deportes, una a la cual yo había ido, alguna vez, a comprar algunas cosas, acompañando a mi madre. Me paré frente al aparador y traté de encontrar algo de lo que para entonces ya empezaba a reconocer como el equipo necesario para practicar rugby. De entre las sombras se movió alguien, un momento después se abría la puerta, asomándose un tipo que me preguntó:
-¿En qué te podemos ayudar amigo?- era un tipo más o menos avanzado de edad, cincuentón,  pelo canoso, flaco y con los bigotes amarillos por el tabaco. Me dio la impresión de ser uno de esos tipos que habían decido hacerle frente a la crisis económica, que llevaba muchos años, como veintitantos años por cierto, o toda la vida de este país; abriendo su tienda hasta los domingos.
- ¿Tienes balones de rugby? –le pregunté sin dudar.
- ¿Balones de ru…. –. Intentó decir, pero se detuvo. Me miró incrédulo. Seguramente pensaba que tenía todas las respuestas en su oficio menos una, lo miré y pensé que a partir de hoy pensaría que ya no lo sabía todo en cuestión de artículos deportivos, después de años de estar vendiéndolos.
- Rugby – le repetí con firmeza, pero él, con medio cuerpo afuera de su tienda, recargado en el marco y con la puerta a medio abrir, se quedó perplejo. – No, lo siento y no creo que alguien los venda por aquí. – se adelantó a decirme.
Subí al camión que me llevaría de regreso. De vez en vez, yo le echaba una mirada a las hojas que llevaba en mi mano, algunas tenían fotos de jugadores haciendo maniobras: tacleando, anotando, pateando. Miraba a los que estaban cerca de mí, pero nadie se daba cuenta qué era eso que sostenía fuertemente en mi mano y que por mi ansiedad juvenil miraba y revisaba constantemente, mientras volteaba a todos lados esperando que alguien, en algún momento, me preguntara de qué se trataban esos papeles con fotos que miraba tanto.
El camión entró al barrio y a los pocos minutos apareció a lo lejos la esquina donde debía bajar. Cuando bajé, empecé a caminar sobre la banqueta gris a la que los árboles hacían sombra y sobre la cual dejaban caer sus aromas de leña húmeda. Había gente afuera de las casas. En Octubre, todavía hace calor en Guadalajara y los domingos la gente, ya desocupada, en barrios como aquel, sale de sus casas a ver pasar a los demás o al menos para sentir el fresco de la tarde.
Pasé frente a la casa de Lorena, allí estaba ella con sus hermanos y su abuela. Me miró un poco sorprendida de verme caminando solo, viniendo de algún lado y la saludé con un ademán veloz que hice:
-¡Hola!  - le dije con una sonrisa medio disimulada.
-¡Hola! – me respondió sorprendida, pero con gusto. La abuela también me miró, una mujer robusta, gorda de piernas que se apoyaba sobre la barda que dividía la casa de Lorena con la casa contigua; mientras platicaba con la dueña de la casa. La abuela me dirigió una mirada inquisidora por encima del aro de sus lentes al notar que su nieta había saludado a alguien: “uno de esos muchachillos del barrio”.
Lorena traía un balón de volleyball en sus manos y jugaba con uno de sus hermanos, me sonrió una vez más cuando voltee de nuevo para mirarla, unos metros después que había pasado frente a su casa. Sentí un temblor en mi cuerpo y me di cuenta de ello porque las hojas impresas crujieron entre mis dedos.
Lorena estudiaba el último año de secundaria, en la secundaria de la que yo había salido unos meses atrás. Estuvimos dos años en esa escuela, a la cual la mayoría de los muchachos del barrio ingresa luego de la escuela primaria. Además, fuimos vecinos, la casa de sus padres, estaba apenas a una cuadra de la de mi madre, una cuadra antes o adelante. Y su casa estaba a la mitad de camino entre la casa del Beto, su primo,  quien era mi mejor amigo en aquella época; y la mía.
Pero debo admitir que durante esos dos años que compartimos juntos, ella nunca me llamó la atención, al menos eso pensaba, ya que íbamos y veníamos de la secundaria los tres: Beto, el mejor estudiante de nuestra generación; ella y yo. Sin que nada ordinario ni extraordinario pasara entre nosotros.
Beto y yo, nos íbamos platicando, mientras que ella, en silencio, nos seguía la charla, callada, caminando a un lado de nosotros. Que yo me acuerde nunca le hice caso, sólo me limitaba a mirarla, de vez en vez, mientras escuchaba al Beto.
Así fue mi relación con Lorena, hasta el día aquel en que fuimos a ver si habíamos salido en la lista de los admitidos a la preparatoria de la Universidad Estatal. Un mes y medio antes habíamos presentado exámenes y papeles para el ingreso, cosa que nos tenía en vilo, pues los jóvenes como yo dependíamos de eso para tener un futuro más o menos planeado.
Ese día, nos  vimos rodeados de histeria, pues muchos de los que íbamos a ver las listas iban acompañados de sus padres, quienes hacían gran escándalo cuando sus hijos aparecían en la lista. Lorena acompañaba al Beto con quien yo me había puesto de acuerdo para ir juntos a ver las listas de los admitidos. Él pronto se encontró en la lista: “qué angustia, pero estaba seguro que sí saldría”, dijo mientras salía de entre el gentío que se agolpaba frente a las vitrinas. Sin embargo, yo, a pesar de que con mi dedo pasé varias veces por encima de los números, no me encontré en las listas. Me quedé mudo y entumido, salí como pude de la multitud y les dije tartamudeando: “No salí”, entonces ella me tocó con su mano el hombro, acariciándomelo y diciéndome con tono de consuelo: “en las próximas sí sales”.
El Beto me decía: “que mal pedo Míke, ya no vamos a estar juntos”, mientras yo veía, únicamente, los ojos de Lorena.  Desde entonces lo que yo creí era indiferencia se convirtió en una realidad: se hizo evidente lo que sentía por ella, se reveló el origen de mi curiosidad por verla a los ojos cuando veníamos caminando de la secundaria.
Ahora, pienso que, de todo lo que me ocurrió ese día: los planes como compañeros de prepa que hacíamos el Beto y yo, para cuando estuviéramos estudiando juntos como en la secundaria; el no ver mi número de solicitante en las hojas de las listas de admitidos entre gritos de euforia y gritos de frustración, el enojo de mi madre al contarle y la mirada impávida de Humberto cuando les conté en casa; lo único que recuerdo vivamente es la presencia de Lorena ahí, de pie, junto a mí, en ese estado de confusión de las cosas, rodeados de gente: unos corriendo de alegría y otros con lágrimas tristes por el resultado.
***
Mi madre y el Jume llegaron ya de noche. Venían muy asoleados y cansados. Él se despidió apenas llegó, ni siquiera descansó como acostumbraba un rato en nuestra casa; dejó las bolsas y salió. El tenía que viajar todavía un buen rato hasta la casa de su madre a recoger a su hija, quien no había querido ir tampoco al paseo. Se despidió levantando su mano en el umbral de la puerta y se perdió en la penumbra de la calle.
Mi madre entró al baño, luego a la cocina y un rato después salió su voz:
- ¿Cómo te fue? – me dijo entre angustia y cansancio.
-Bien, imprimí algunas cosas de rugby - le dije orgulloso de mi labor dominical.
-¿De rugby?, pensé que habías ido a imprimir algo para el examen de ingreso a la prepa: apuntes o algo así.
-No, fui a imprimir algo de rugby - le respondí en un tono más bien serio.
- ¿Cuánto gastaste en tu Rugby, Míke?
- Como treinta varos – le dije mientras miraba las hojas.
- ¿Treinta pesos? - me dijo, mientras sacaba la cabeza de la cocina para echarme su mirada de enojo hasta la sala donde estaba sentado.
Nos miramos, mi madre iba a empezar a regañarme, ya me preparaba para escuchar su perorata sobre mi vida sin escuela y el gasto innecesario en cosas superfluas, sin embargo se detuvo, se recargó en el marco de la puerta y con medio cuerpo afuera de la cocineta, hacia la sala, me miró y con una mirada de desaprobación me dijo:
- ¿Qué ese rugby no es muy violento?
- Sí.
-Te lo digo porque a parte de que no tienes escuela, ni trabajo, espero no tener que lidiar con un hijo paralítico.
¿Por qué los adultos siempre se paraban en los umbrales de las puertas, con una mirada que parecía decir todas las verdades del mundo? ¿Por qué creían tener la autoridad moral suficiente para decirle a los jóvenes las más especiales máximas de sabiduría? Me preguntaba, y me preguntaba también si yo mismo me convertiría, al final, en uno de esos adultos, recargado en un marco semejante diciéndole a mis hijos: “los videojuegos no sirven, estudia algo útil o al menos sal a jugar…¿Rugby?” Había tenido en mi mente la palabra soccer, pero algo en mi interior reviró lanzándolo por la borda y lo sustituyó por la palabra rugby.
- No te preocupes por eso – le dije y agregué :- además según lo que leí hoy, hay más heridos en el karate que en el rugby, e incluso en el soccer hay casi la misma cantidad de heridos.
- Pero explícame, entonces ¿qué es eso del rugby?
-Creo que todo, madre, creo que todo. Al menos por el momento, mientras entro a la Prepa….. -. “mientras me ligo a la Lorena; mientras crezco para salir de esta hoya; mientras olvido a mi padre; pero aún así, tal vez, al final, madre, el rugby lo sea todo”, pensé.

Friday, October 03, 2008

El avión

EL AVIÓN


Sus rodillas apuntaban hacia el cielo, mientras el avión pasaba. Yo ahí en el medio, oía la aceleración de las turbinas, oía que el avión ganaba altura, oía que dejaba la ciudad por el norte. Yo me deslizaba como en el cielo. Era un avión.

Cuando terminamos, me levanté y ví, por la ventana, la estela que parecía sostenerlo como un alambre blanco que se encajaba en la tierra. El humo de un cigarro me parecía hecho con el mismo impulso. Lo imaginaba en lo alto congelándose, haciéndose tiras delgadas de hielo: pequeños papalotes salidos a cientos de grados centígrados.

De regreso, en casa, la luz de la cocina me revelaba siempre su estrechez. Frente a mí, estaba la pequeña pantalla de la televisión de plasma con imágenes de aviones atravesando las nubes. Cerraba los ojos y me imaginaba a mí mismo, colocado en el respaldo del asiento de uno de ellos.

Luego de buscar los programas donde hubiera aviones o historias de pilotos, o al menos reportajes de coches con perfil de aeronave, terminaba aburriéndome: luego de la tele, el consuelo de Internet. Una y otra vez los sitios con los films de la Segunda Guerra Mundial, los combates en Vietnam y el derribe del avión argentino aquel por un misil de una fragata británica. Pero inevitablemente me llegaba la imagen de Rocío. Hace poco, me dijo: "Casémonos". Le dije que no, porque no habría espacio para mis aviones si ella venía a vivir conmigo. "Vendemos este depita, y compramos uno donde quepan tus avioncitos, mi amor". Es cierto, algunos son grandes, otros son medianos y muchos pequeños: todas las fuerzas áreas de las dos grandes guerras y los civiles de entreguerra, juntos, en varias repisas, en un cuarto dedicado a ellos.

Tengo que confesar, forzosamente, por cierto, que me he podido hacer de una colección grande por dos cosas: la primera, una manía inusual que se confunde con una perseverancia perra, de la que yo siempre me jacto ante mis amigos y con la cual mi madre acostumbra hacerme odiar de la gente, y, la otra, que es la verdadera, the real one: la pinche baratez de la mano de obra de oriente: Stukas, perfectamente pintados por delicadas manos chinas, P-38 Lockeed exquisitamente perfilados por agudos ojos malayos, un Catalina con sus alas de hidroavión de suavecísimos colores coreanos y un pequeño escuadrón de Spitfires, hechos en la verde humedad de Vietnam; que cuelgan en un pequeño diorama simulando un ride hacia la lucha por mi soltería, pero que esta vez, habían pactado con el enemigo: Spitfires y Me's-109 sobrevolando, ala con ala, el canal de La Mancha.

Cavilaba en la oscuridad de la noche, mientras un rayo caía sobre el póster clavado en la pared frente a mi cama, exactamente en el visor del piloto de un Dassault Rafale que despega de la cubierta del portaviones Clemenceau. Tomé la decisión y la llamé. No habría nada sin mi flota, toda debería estar ahí. Accedió: "Naturlicht", dijo como diría Manfred Von Richtoven, El Barón Rojo, con su chamarra de cuero, sosteniendo la palanca de mando de su triplano.

Sin embargo sabía que ella borraría mi lista de direcciones de sitios web de la aviación, de mi computadora; que no me dejaría re-inscribirme en las varias revistas de aviación gabachas, caras todas ella, y que gracias a ello había aprendido inglés. Anyway, así que, cuando sucedió, me limité a hacer los trabajos del monje: barrer, acomodar y callar.

Días después, allí estaba yo como un piloto de un F-4 Phantom derribado, ante el comisario VC Charlie de su padre, quien negociaba con el mío sobre mi suerte: “la danza de los políticos”, pensaba yo. Mientras, sus hermanos, adultos novicios recién salidos de sus pubertad, viejos con cara de morritos; me veían, gozando con mi sufrimiento. Se reían. Murmuraban. Yo los miraba, tratando de mantenerlos a raya, con mis ojos. Sólo pedía salir de ahí y cabalgar de nuevo un Phantom. Eso era lo que quería. Pero mi futura suegra, que de vez en vez dejaba de platicar con mi madre, me despertaba con un chillido: "¿Quieres más Tequila o te sirvo Coca?" Yo simplemente le decía que no con la cabeza y le sonreía: “Fuck you”, le lanzaba en mi mente como si fuera una sucia comisaria roja del Vietcong.

En la luna de miel, la ida y el regreso en el avión maravilloso de la aerolínea americana me dejó satisfecho, francamente yo hubiera pasada las dos semanas yendo y viniendo, pero digamos que el mar y Rocío me hicieron olvidar por un rato los aviones. Lo malo viene cuando alguien nos pregunta sobre nuestra de la luna de miel: Ella siempre se enoja, pues el vuelo es lo único que comento acerca de nuestro viaje. Ella no sabe nada de amar a los aviones, I know that, por eso no me comprende. Y por si fuera poco, le molesta recordar la parte del viaje cuando le cambié mi siento por el suyo, uno de ventanilla por otro, junto a un colombiano platicón y enfadoso.

Al llegar a nuestra base, es decir nuestro nuevo depa, todo iba bien. Accedí a ceder pista y algunos hangares para su ropa. Incluso algunos de mis mejores videos, le hicieron espacio a la más absurda colección de películas rosilight del mundo. Ella me salió con que esas “eran las que pasaban en los aviones más modernos”. La miré detrás de mis gafas, de piloto. Le conteste, incrédulamente, murmullando, con un largo y arrastrado: “ok, de acuerdo”.

Un día fuimos a una reunión, hablábamos de aviones, más bien yo hablaba, cuando de repente ella se metió en la plática y comentó: "el Lightning solo, hubiera podido acabar con la guerra si hubiera entrado dos años antes en servicio. Era mucho mejor que el Mustang y el Spitfire. Fácilmente sobrepasaba, incluso, al Me-262". Pero, ¡ Qué se cree esta!, pensé, mientras mis amigos le asentían con la cabeza, complementando el dato con más información. "El Mustang fue más importante, Gordis", dije, retomando el control de mi plática, "Fue fundamental en el acompañamiento a los bombarderos, los cuales, en realidad, disminuyeron el poder industrial de Alemania y Japón". "Estás seguro, gordis? Me reviró. Los demás, atizbando un enfrentamiento, no le dieron importancia al tema y cambiaron a otro y luego a otro. Sobra decir que, desde esa ocasión, somos “los gordis” para ese grupo de amigos. En un momento en que ambos quedamos fuera de la atención de los demás, me dijo al oído: "Te la gané jalisquillo mamón. Y ya deja de fumar cigarritos de piloto transnochado". La miré, mientras encendía un Lucky Strike, con el zippo que ella me había regalado, con avión grabado en su costado. "Morra, tú también eres jalisquilla, por más aires que te des de neoyorquina, ok". Le respondí también en susurro. Ambos nos miramos con una mirada que de reojo se dirijía a nuestras bocas que esbozan, apenas, una sonrisa.

¡Bah!, qué importa, a pesar de que ha leído bastante, qué diablos sabe Rocío sobre el P51 Mustang, y si soy el Gordis no creo que les importe mucho a Rodrigo, Alejandro, Carlos y demás mandilones que sólo les gusta hablar de su hijos, me decía a mí mismo, al día siguiente, al volante rumbo al trabajo. Fuck. Yo sé de aviones, no por nada dormí varios años en la cabina de un caza americano que traje del cementario aéreo de Arizona y que tuve que tirar debido a que Rocío se negó a dormir en él. Lo que sí estoy seguro es que para hablar de aviones no sólo basta compartir las opiniones de un experto todos los días. Uno tiene que sacar sus propias conclusiones.

Rocío y yo, hemos acordado viajar al Smithoniano para ver esos aviones de cerca y preguntar a los expertos si realmente nuestras presunciones, y conclusiones, son verdaderas. Ahora que ella ya es casi una experta. Si corremos con suerte hasta podríamos subirnos a uno. Además, también estamos ahorrando para ir a Australia dentro de cuatro años, en el nuevo avión transcontinental de pasajeros. Y es que este tipo de aviones se ha vuelto nuestro favorito y especialidad. Ese avión, que cruza el océano desde Guadalajara y aterrriza en Sydney, en ocho horas, según el Discovery Channel, tiene la máxima tecnología, cosa por lo demás que nos tiene animadísimos para seguir ahorrando.

Amarás a tu robot (como a ti mismo)

Amarás a tu robot
(como a ti mismo)


Un azul metálico resplandecía en sus cuerpos blindados que agachados rodeaban la casa, listos para entrar por puertas y ventanas. En el cristal de las gafas de uno de ellos, una rayo de luz se desviaba, cayendo sobre su badge, donde unas siglas se dejaban ver: PID, Policía de Investigación Digital.
-Cerco completo, la mercancía está disponible- escuchó en su auricular. Miró hacia la ventana cercana y luego miró dentro de los lentes de su máscara, donde un holograma le indicaba, en una imagen parpadeante, el camino que tendría que seguir hasta llegar a donde se encontraba el objetivo.
En un instante, a la señal convenida todos saltaron y la puerta del departamento se desintegró por el efecto de una bazuca láser. Varios pares de botas avanzaban entre la oscuridad bajo la guía de un robot scout, parecían un ciempiés verde linterna, moviéndose a la velocidad del sonido.
Al sentir un peso, despertó de su modorra, abrió muy grandes los ojos cuando vio que una docena de armas de todo tipo, desde convencionales, de pólvora, hasta eléctricas le apuntaban al rostro. El menor movimiento de sus manos le hubiera costado la vida.
-¿Andrés González?- dijo un oficial, quitándose las gafas, mientras se sentaba en el borde de la cama, mientras alejaba cartuchos de aire, de entre las sábanas. Hasta ahí llegaban unos haces que lanzaba una pantalla hologramática que cruzaban, desde la pared de enfrente, una serie de vapores repugnantes que llenaban la habitación, la cual tenía meses sin ser ventilada con aire natural.
-Sí...- dijo, el sorprendido inquilino, en voz baja y entrecortada, con un sonido apenas perceptible de su lengua. Dejaba ver sus dientes amarillos que tenían una apariencia repugnante por haber comido alimentos chatarra durante años.
El oficial puso una placa grande, que tenía el escudo de la Corte de Justicia, sobre la cama, apretó un botón lateral. Lentamente y, mientras él se quitaba los guantes, un holograma se elevó velozmente como arrojado por un cyborg tallador de Las Vegas, de esos que lanzan cartas con distintas poses de Elvis. La imagen que salió no era la del último rey americano, sino que era la imagen de un juez en una corte que hablaba gravemente:
-Andrés González, el municipio de Guadalajara lo acusa de violar la Ley de Propiedad y Convivencia Androide del año 2074, en la Sección Inactivos y de sus respectivos reglamentos de: Compra-compromiso, Uso y almacenaje, Uso y Mantenimiento, Uso y Reciclaje, en los siguientes equipos: 9QW38R0O, AS8UQnvXÑ0, ASDv98a9svu...-, y una larga lista seguía contando el juez del holograma bajo la mirada atónita del detenido. Mientras tanto pasaban, transportando en una carretilla transparente, un robit y unos guardias SWAT lo que parecía ser el resto de un androide con un rostro y unos ojos agradables. Otros robits los seguían, empujando más restos de androides.
El holograma seguía contando la lista de víctimas. Pero él, Andrés González, no hizo más caso del holograma, más bien alzó su cabeza para ver el desfile de restos, mientras pasaban.
-ASDv98a9sVU...- murmulló el de los dientes amarillos.
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Esa mañana fui al Gran-Almacén. Di varias vueltas alrededor del stand, luego para terminar de convencerme, me acerque lo más que pude. Ahí, debajo de una enorme lámpara, estaba con un gran letrero: “Androide de última generación” y con una etiqueta que mostraba sus capacidades: aquellas de los que trabajan en las lunas de Júpiter, un tipo capaz de hacer cualquier reparación y tarea industrial.
Ahí estuve recargado en una posición que duró varios minutos, hasta que me dolió el brazo, mientras hacía cuentas mentalmente. Entonces, activé mi tarjeta de compra, digitando los números que copie de una placa junto a una de sus botas.
Al llegar a la puerta del almacén, un robot con toda la parafernalia publicitaria del lugar, me esperaba con la enorme caja que contenía el androide.
-No le puede ordenar salir hasta que haya cruzado la salida de la tienda, señor-. Dijo el robot en un tono metálico de mayordomo.
-Ok, no hay problema-. Acto seguido le ordené con un ademán, para que me siguiera por el estacionamiento, llevando la caja, hasta un costado de mi automotor. Ahí me detuve.
-Aquí- le señalé con un dedo y el robot se detuvo. Bajó fácilmente con sus brazospala la caja, como si no pesara. Yo lo contemplaba, mientras él hacía la maniobra.
Una vez que el robot cerillo se hizo un poco para atrás, dije:
-Sal-. Entonces, de la caja salió un brazo y luego otro, y enseguida el resto del cuerpo. Ya fuera, como un recién nacido, pero de pie. Lucía imponente sobre la enorme bolsa de plástico protectora que lo había envuelto y sobre los restos del embalaje y la caja. Un ruidillo de pequeñas micro-turbinas se oían. Él empezó a recoger la basura y a compactarla.
- Dale esa porquería al cerillo y sube. Maneja-. Le ordené.
-Gracias por su compra- dijo el robot-cerillo mientras se alejaba con una minúscula caja que era en lo que había terminado el empaque. Este al pasar por un cesto lo echó. Decía Reciclaje.
Subí al auto por la puerta del copiloto, le dije: “A casa”. Se encendió el mapa del parabrisas y el auto arrancó. Nos fuimos en silencio hasta mi domicilio. Ahí detuvo el auto, descendió rápidamente y abrió mi puerta.
-Súbete al auto- le dije.
Cuando estuvo sentado, con las manos plásticas al volante y mirándome, le dije:
–Baja-. Y cuando estuvo sobre la banqueta, a mi lado le ordené, nuevamente:
-Sube al auto y luego bajas y luego te subes.
Sin voltear hacia atrás me dirigí a la casa. Abrí y entré. En la oscuridad de la noche, los colonos no notarían lo que sucedía frente a mi puerta, así que me dispuse a recostarme. Ya en la cama abrí un cartucho de aire puro y encendí la televisión.
A la mañana siguiente, un poco antes de que la mayoría de la gente despertara, salí a la puerta desde donde pude ver al robot entrando y saliendo del auto. Lo llamé. Vino velozmente.
-Estoy por irme a buscar trabajo, limpia la casa-.
Cuando regresé, diez horas más tarde, la casa estaba impecable. Hacía quince meses que no la limpiaba, quince meses de solicitudes en la oficina de apoyos para desempleados, los “Inactivos”; quince meses en la sección de servicios domésticos, área de renovación de equipo o sea préstamos para sirvientes mecánicos.
-Para ser reciclado eres bastante efectivo- le dije, detenido ante el espectáculo de brillo y buen olor.
El día siguiente fue igual: limpieza total, incluyendo el cuarto de todos mis desperdicios metálicos. Cuarto sobre el que, por lo demás, le previne que no comentara nada. Y le prohibí pensar sobre lo que vio, que borrara de su memoria todo lo visto.
Unos días más tarde le ordené pararse de puntas en la parte más alta de la casa, con una toalla de colores y puntas deshilachadas para espantar a todos los pájaros que pasaran por ahí, pues me tenían hasta la madre sus excrementos que llenaban mis cornisas y ventanas. Incluso lo dejé en la noche: “para que espantes a los vampiros y murciélagos”.
-Bien, bien-. Era lo que me limitaba a decirle. Pero una tarde llegué a casa con ese sentimiento obsesivo que me ha perseguido durante mucho tiempo, luego de un día infructuoso. Además, tenía una sensación de cansancio infinito. Ahí estaba él, parado, mirándome como un perro esperando que le lanzara cualquier cosa para traérmela de inmediato.
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-¿Creías que no te íbamos a agarrar, grandísimo bribón, gordete de mierda, reventador de silicios, eh? Le decía el oficial, mientras le daba palmaditas en la cabeza y golpecillos en el abultado vientre blanco y flácido.
- Fuck ya, pinche poli- le contestaba apenas audiblemente con su lengua que entresalía de sus dientes amarillos.
-Imbécil, sabes que por haber desperdiciado el dinero del estadueplob te has ganado muchos años de cárcel-. Le gritaba sarcásticamente el oficial de policía, mirándolo a los ojos. -Te teníamos vigilado cabroncito, sólo fue cuestión de tiempo. Dejamos que pensaras que todo iba bien para echarte un buen número de años encima, perro. Después de todo es el mismo trámite para dos que para veinte años -. Lo miraba el oficial, lanzándole gotas de saliva a su rostro. -A todos los imbéciles como tú, siempre los agarramos, con las manos en la tarjeta-. Y se le quedaba viendo, como queriendo investigar la naturaleza de ese individuo que tiene tal tipo de conductas. -Eres un pobre perro. El mundo cy nos es para tipos como tú, que no saben cuidar a estas máquinas. Una granja org, sería magnífica para ti, aunque, sabes, ya es demasiado tarde.
– Me vale madre si voy pa’dentro, al menos ya no tendré que verlos. Y sabes qué, poli, fue divertido... Y, lo más divertido fue ver cómo iba llenándome de ellos y cómo los iba retirando de circulación. Además, quieres saber una cosa? Al menos así trabajaré, jajajaja, para beneplácito de mi ex-mujer-. Le respondía el de los dientes amarillos, mientras gotas de sudor repugnante le escurrían por la frente.
Un policía se le acercó al oficial por detrás, acercándole un cuaderno pantalla. Este lo encendió calmadamente. Clavó la vista, mirando los datos que aparecieron.
-Parece ser que sacaron todas- le dijo el oficial, levantándose, mientras lo miraba y dejaba de reír. Una cara seria le volvió al rostro.
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Ese día llegué y puse mis cosas, en orden, en mi pequeño closet de madera, el tesoro de la familia, de madera auténtica. Así me decía a mí mismo, mientras le pasaba la mano encima. Arriba de él, clavada en la pared, una pantalla ultradelgada presentaba alternadamente las fotos de siete generaciones de mi familia. Me le quede viendo hasta que aparecieron, finalmente, las fotos de mis hijos y de mi ex-mujer. Seguía hermosa, congelada en esa foto en el tiempo, en el nacimiento de mi tercer hijo. Pero me llegó esa rabia...
-Ven androide-.
-Dígame señor-.
-Siéntate en ese banco-. Le dije señalando uno que estaba a unos pasos, en el área de la cocina.
-Levanta tu brazo derecho-. Me dijo, mientras me miraba tomar un juego de herramientas.
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-¡Eres un imbécil Andrés, eres incapaz de hacer algo bueno, cabeza de chorlito canino¡ Mira hasta esos pinches robots, ellos hacen las cosas mejor que tú, animal-. Me decía mi mujer mientras limpiaba a uno de los niños que se había echado la sopa en la cabeza.
-Qué sabes tú de la naturaleza humana comparada con la de los robots, Ronda. Si lo único que sabes es que tu madre te parió un pinche día de Primavera, como sabiendo que iba a parir una perra. Y por si fuera poco, para estar segura te puso ese pinche nombre de putita de Elvis.
-Para eso me gustabas, bastardo de comic barato: ofensas y ofensas y ofensas. Pero sabes qué Andrés, un día de estos me largo, me oyes, maldito panzón. Me largo y sabes qué, que vas a quedarte solo con un pinche androide a quien fastidiar, pero déjame advertirte una cosa: un androide no te va pelar cabrón, como te pelo yo. Porque si no lo sabes, a los androides les vale madre si les hablas o no les hablas, les vale madre si tienes nostalgia o sentimiento. Les revale. Esa sintonía fina, mi estimado perro gordo, no la notan ellos. Ok.
-Deja de joder.
-Claro, nene gordo, eso es lo único que sabes decir. Deberías quererte aunque sea tantito, méndigo mantecoso, quiérete, ámate a ti mismo, porque así empezarías a bajar de peso, a conseguirte un nuevo empleo, a llevarte bien con la gente, ehh? Bien me lo decían mis amigas, no te cases con ese, de seguro en diez años ya no va a tener empleo, su pinche carrera vale madre y es incapaz de renovar sus estudios. Pero aquí está la pendeja de yo casada con un ballenato de bermudas azules, y tenis desgastados.
-Deja de joder, mejor sube y baja las escaleras para que bajes, mendiga, que tú también estás hecha una ballena.
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-Señor, está prohibido lo que hace- me dijo cuando con unas pinzas y un desarmador empecé a desarmarlo. Era una especie de cirugía de garage, en la cocina de mi casa. Esta vez fue más fácil, ya tenía experiencia.
-Ya lo sé imbécil, pero tu no vas a decir nada, o sí? Te volverías un traidor hacia tu amo, bastardo de hojalata de comida de perro, eh Maldito?! ¡Y no vibres cabrón!
-Hay impulsos que no puedo controlar, Señor.
De pronto, ya habían pasado un par de horas, el brazo aflojó y con una segueta le trituré el resto de las conexiones. Lo arranque de un tirón. Fui y lo arrojé a donde tenía ese montón de fierros. Hizo un gran estrépito al caer.
Regrese a la cocina, tomé una silla, me senté al contrario, encendí un cigarro y mirándolo de frente...
-Recuerdas lo que has hecho los últimos dos meses,
-Sí señor.
-Pues vas a hacerlo todo de nuevo, pero con un solo brazo, OK?.
-Entendido señor.
Ahí, en ese mismo instante empezó el androide a limpiar, a pintar, a pulir, a arreglar y reparar. Con un brazo y una maraña de cables saliendo de su hombro derecho.
Pensé que se me pasaría, pero no habían pasado más que algunas cuantas semanas, cuando nuevamente me llegó ese sentimiento incontrolable, de furia; que me hace estremecer del coraje y que me hace pensar en la maldita Ronda, esa puerca adorable que no supo ver en mí más que a un miserable bastardo fracasado de dientes amarillos.
Esta vez le arranqué los pies. Y las faenas comenzaron de nuevo, aunque las de exteriores fueron en la madrugada, para evitar que los mirones notaran que el androide carecía de miembros de las rodillas para abajo.
En el lapso de cinco semanas prácticamente deshice al androide. En el último viernes abrí la puerta de mi cuarto de desperdicios y lancé, que digo medio arrastré el cuerpo del androide ASDv98a9sVU, cuyos ojos agradables, como de mirada de perro agradecido, me habían alguna vez conmovido. Pateé su rostro, antes de cerrar la puerta.
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-Por si quieres saberlo: Los que cuidan la cárcel, son andros y robits, y uno que otro robot y cyborg-. Decía el oficial de policía con su libreta luminiscente, mientras se alejaba. En el umbral de la habitación, volteó diciéndole: -En tu caso serán los que destruiste, mejor dicho, los que intentaste destruir serán tus guardias, aunque claro en una versión sin corazón ni alma, o sea sin el decálogo ni conexión de auxilio al BB. Ahora se pueden defender al sentirse agredidos física o psicológicamente. El de los dientes amarillos volteó y, como si fuera un personaje en una enorme pantalla que voltea a ver al público espectador, abrió de una manera desorbitada sus ojos. Una sonrisa discordante se formó en su boca, mientras de ella una risotada grave y asonante iba saliendo y llegaba hasta la figura del oficial que parado en la puerta se ponía su casco, mirándolo, antes de salir a revisar las piezas para identificar a los androides perdidos.

Wednesday, September 05, 2007

Poemas Olímpicos

Jesse Owens

Jesse Owens, nace junto al río
de ojos de agua, el que canta hondo
al pez escondido en la oscuridad.
Jesse, hombre, color y barro
con una prisa como la de un cauce.

Jesse Owens crece antes del Deal Nuevo,
cuando la k se escribe con capirote.
y cuando el oeste aún es la línea
entre el hocico del búfalo y el pasto.

Jesse, crece en el óvalo de los estadios
vacíos, como olvidada saeta negra
es relámpago negro y silencioso
que cuida el sueño
de los guardias de las pistas.

Jesse corre en silencio
calienta el aire en la fuerza negra
de sus pulmones, donde suena un río
que baña las orillas de una fruta roja.

Cuando alza sus piernas alza su alma,
y se abren las rejas del viento.
Soldado de fuertes brazos, se vuelve el arco,
donde él mismo es dardo y meta.

Berlín lo sabe, cuando en la tribuna vertical
hay svásticas, Fuhrer y unos ojos azules
que miran a la figura negra
que vino de una América orgullosa,
orgullosa de su arianía criolla.

Jesse quiere el laurel
tiene el color de los cuervos para el triunfo
tiene el color de la noche para la euforia del estadio
tiene el color del toro para un péndulo de oro.

En la pista, la pistola en el aire
derriba violenta y aceradamente
las trancas invisibles desde donde
saltan los pies calzados de los gigantes.

Jesee, vuela sobre la pista de tierra blanda,
que escuchan los blancos del Missisipi
salpicarse y volar cuando el americano
va a colgarse la medalla sin la debida genética,
pues tiene olor, además, a barro.

Jesee, corre desde el arco de la palabra Owens,
en la lejana Alemania,
pero su alma viaja al sur
entre las cañas y el agua del río milláceo,
corre como la punta de una flecha,
en la punta de la flecha,
camino a la meta ante la salida del césar ario.

Serranillas del Tren Ligero

Serranilla del Tren ligero, estación Sta. Filomena



Lo rojo de tus mejillas
yo vi, tan lozanas, cuando
subías, dejando el tren
que se alejaba,

por aquellas escaleras
de salidas o de entrada,
que eran, velozmente, como
yo las bajaba.

Cuando te vi, tuve ganas,
unas ganas inesperadas
de cortar así, una flor
tan de mañana.

“Hola ¡y tú! ¿Cómo te llamas?”

Me dijo: “Me llamo Laura”,
y agregó que era estudianta,
esa mañana.

Yo te juro lozana
que ya me eras licenciada,
y hasta doctora, en aquella
breve parada.

Sunday, August 19, 2007

Calle Montevideo

Montevideo tiene un espontáneo ambiente
de espumas inesperadas y festivos pámpanos,
besos con sabor a cartón en sus secos árboles
y miles de pentagramas nulos en sus cuadras.

Montevideo tiene, eternamente, tal llama
que esa calle me hace pensar los pasados años
al recordarla así, con mi enfebrecida mano.
Y, sin embargo, pienso,
cómo espantarla, si de ella es el tono en mi piel:
tono de hojas enjutas de eucalipto en Noviembre.
Tengo, además, el tamaño cabal de nariz
al del largo del invierno de Guadalajara.

Y, los pies cantantes y fríos que me sostienen,
poseen la forma ida de su oculta pendiente,
que a pesar de las muchas caminatas nocturnas,
huelen más a día de lluvia que a noche y luna.

Montevideo tiene un callado río dentro,
pero merecería tener un mar abierto,
donde recorrer esta cartografía nueva
que llevo silenciosamente trazada en mí,
de tanto abrir mis poros a los vientos del Norte,
de hurgar ansioso con mis oídos el ocaso,
de pensar en el iluso y ecuatorial Sur
y de escribir oraciones mirando al Oriente.

Ese río, fue una vena abierta de la sierra
que supuraba azufre entre lomas y huizacheras.
Una vena sometida a cirugía estética,
a una de esas que evitan que una calle se vuelva
una playa blanca de jal holgado en el llano,
donde los pájaros y los rebaños suceden
a los carros metálicos.

Una vena de la sierra que rodea el llano;
una vena que se asienta tranquila y serena;
una vena que no ha dejado de llevar dentro,
en su blanda corteza y dura concha de sol
y arena, la promesa de la serena tierra:
la de los ciclos del agua y la sed de los hatos,
mucho más allá de las llantas y los semáforos.
Pero los carros y el concreto, por la abundancia,
se han vuelto las venas y la sangre en vanagloria
de una inmóvil columna vertebral en la tierra,
cuyas vértebras huecas tienen redes eléctricas.

Vértebras que mimetizan a la serpiente hecha
de tierra petrificada con cientos de escamas,
transparentes y altas, como flores descuidadas.

Vértebras que poseen madrigueras de coches
que salen y entran a la luz de algunas medusas
miedosas, que huyen del suelo y su lisa dureza,
apretando su vientre a la boca de los postes
en espera del regreso de la mar y el día.

Vértebras que se soldaron a la tierra y río,
formando las contracciones del concreto gris
que se cubrieron de vidrio y cristal y acero,
por donde los ojos iban en paso de luz,
desde un extremo a otro,
en las aguas quietas y claras del mediodía.


Y ahí, en el medio exacto
de una de tantas, la más sencilla y encrestada,
está mi casa, la del árbol rojo y eterno:
el tabachín de brazos mutilados y gruesos,
que es casa de hormigas trapecistas y mineras.

Esa, mi casa vieja, que sufre insolación
por tener la testa demasiado amplia y sin tejas,
que la cubran de este puma amarillo y alado.

Esa, la que tiene un ofendido rosal blanco
por tener que competir con las grises ventanas
la luz del escenario.
Sin saber que los ventanales no quieren luz,
sino el agua esperada que no pueden beber,
porque les falta la dulce lengua de dos alas
que separa el fluido quemante de la nube ácida.

Ahí, en el medio exacto
de una cuadra con banqueta como solar rampa,
está mi casa vieja.


Frente a ella, hay eucaliptos castaños y enormes
que me hacen amar a la aislada y mítica Australia,
a pesar de no conocer ni una de sus casas,
ni una de sus calles, ninguna de sus colinas.

Esos montevideanos eucaliptos reales,
parecen estatuas vivas de la Isla de Pascua,
que en el estío parecen quintales altísimos
de leña apretada, con vueltas de hilo de caña.

Pero en verano, de repente, de viejos náufragos
son marinos en tierra que han bebido semanas,
quedando varados en una barra de viento
con olor a Koala.

Así son esos árboles, que siempre abanican
a esa colonia de dos poetas por sus calles,
en la que es posible, con pies o coche, juntar:
el San Lorenzo con las Pampas, el Orinoco
con la Apalachia, los glaciares y el Titicaca;
y donde las dos Américas se uniformizan
cuando aromatiza el lento rasero de Marzo,
con saltonas bolitarias en rama, las casas.

Un tapiz oloroso cubre Montevideo,
pero esa casa tiene la rebelión por piedra,
un naranjo por huerto, un prolífico rosal
por un prado y un verde baldoquino de palma,
ventilando por si, los soporíferos cuartos
de la suave planta alta y las cuadradas estancias
de la planta más baja.

Ahí, entre lisas paredes he olido los años,
los he olido entre el aroma fresco que intentaba
entrar y los olores
de nuestra osada casa, que siempre le ganaba;

porque Montevideo, olía siempre a fideos,
de Mayo a Mayo, haciéndonos sudar con tristeza
cualquier huella de invierno para escape del llano;
y ese caldo blando era hecho en manos sapienciales
que conocían bien la invocación del desierto,
pues mientras temblaban y se encalaban las ollas,
bellos azahares escondían sus aromas.


Muchos olores, cientos,
como el de zapatos nuevos bajo camas viejas,
o como el olor a perros en tardes de lluvia.

Montevideo olía a polvo desensilado
de las ventanas de celosías incompletas;
olía a televisión barata y sin antena,
incrustada sobre un escritorio que no lo era;
olía a tapetes empolvados por pisadas
trashumantes que siempre regresaban humadas;
olía a radio viejo y esforzado de diario
con las locuras de su aguja de sintonía;
olía a estufa de contado y platinado,
como una escafandra incluida a bordo, como el horno;
olía a humedad cortada por escalera;
olía a voces con aroma a leche quemada,
a voces olorosas como de mermelada,
a voces añejas como el del pan olvidado;
y el Domingo, sí, olía,
a penitencia jurada y césped bien cortado.


Olía, y ¿cómo no?
si ella era un venero vegetal evaporándose;
pero Montevideo,
sobretodo, dejaba escapar su ruidosa alma.

Pues ella, sonaba mucho antes que apareciera.
Desde el momento que las monedas del transporte
caían lentas al monedero acanalado,
la caja de música urbana que era mi casa,
iniciaba una canción herramental de voces
en creciente andante, hasta la puerta de la entrada
que se encogía como un diafragma por los puños
dirigidos a su acanalada y café espalda.

Era, sí, ella era entrada,
entrada de dos llaves, siete vueltas y un abran;
a todos los rumores con su carga de incienso
y sándalo profano;
a todos los vientos con sus zapatos de azogue
y depredar de cielos;
a todas las voces con sus tonos de ámbar blanco
y mármol entregado.


Esa puerta, que se abría y cerraba con manos
de hechicería y sabiduría comprobadas,
tenía de mayordomo un apéndice eléctrico
que aguantaba llamadas con su pequeña espalda,
haciendo la sonoridad más inesperada:

tocarlo y escuchar arrebatarse a los perros,
me hacía dudar si ellos estaban conectados,
pues entrar, era ingresar a una sala de música,
donde simultáneamente se ejecutaban
cientos de conciertos de cámara, sin distancia:

el sonido de la televisión encendida,
como esfera de frente parlanchina y brillosa,
era el público en espera de una alegre audiencia
entre el afinamiento de trombones y oboes
y la lentitud de voces finas que se sientan,
en la inminencia última del concierto hogareño.

Timbales vibrando: altos escalones pisados.


El sonido de las cortinas, al correrse, era
el suave murmullo de la luz en el venir
y el ir, sobre los hombros brillosos en la escena,
roja y alisada en jardines de seda muda
que colgaban de rieles blancos y enmohecidos,
traspasados por susurros hoscos de vehículos.

Las teclas agudas: las gotas primas de lluvia.

El sonido de la lavadora era el de un arco
de un cello grueso, moviéndose rápido y grave
por una mano enguantada en la burbuja sónica
que nacía al efecto de un rayo encadenado,
en el ronroneo giratorio de un aljibe
metálico, de pulcros botones encerados.

Los ágiles dedos, callando cuerdas: la plancha.

El sonido de la licuadora eran timbales,
discutiendo con trompetas agudas y ricas.

La ágil batuta del director: un cazamoscas.

y el rítmico piano atmosférico del verano
en la azotea, cayendo en gotas de lluvia ácida.

Así, Montevideo
sonaba, sonaba a lento desmoronamiento,
y ahora bien comprendo
por qué siempre maduraba la voz del teléfono,
y, entiendo, porque las voces eran el espíritu
de esa mi casa, en el cemento de Montevideo.

Y tan sólo lo entiendo,
porque la voz es, sí,
ella misma y así era nuestra Montevideo:
cantora y sonora, así en el silencio y el aire,

pues era toda ella, fantástica sinfonía,
sinfonía ilusoria;
con olores ante nuestros ojos oceánicos,
que hoy se han vuelto lagunas,
lagunas yermas a los colores oceánicos.

Y esto me lleva a decir y afirmar, muy seguro,
que la memoria mía, es la memoria de un ciego;
porque quisiera a mi casa de Montevideo
ver de nuevo y no puedo.


Quisiera verla, y me detengo ante ella de nuevo,
abro ahí los ojos y es una sombra inasible
sobre el agua y su número no me dice nada;
pues sólo frente a mí, está el oído que es la flor
de dos pétalos y raíz hasta el corazón,
que se aterra y ciega con la visión del vacío.

Y quisiera que los tonos del ayer subieran
los castaños árboles y la ceñida placa,
que las ventanas se agrandaran como las charcas,
que las puertas se abrieran como las nochebuenas,
que las celosías redescubrieran el tamo,

pero bien yo sé, que no es la luna la que cambia,
sino que es la mirada.


Como la mía, que un día entre miles de espigas
e hilos de cortinas se abrió, al revolotear
un pájaro dorado en la ventana cuadrada,
que me hizo ver que Montevideo no era más
el drama cambiante de coches y polvaredas
que se erizaba entre mis barbas ralas y pardas,

como mis sueños que al teléfono se enlazaban,
cuando la tardona Montevideo crecía
como crecen los hombres,

reventando las sucias puntas de sus zapatos
y teniendo más sed en Otoño y en Invierno
que en el tiempo del volátil y húmedo verano.

Montevideo se perdió, dentro de mis ojos,
en las agujas, volviéndose un poste de luz
en un sueño de cera,

acerca de una elástica madrugada y puente
solo, por encima de una avenida de trenes;
desde donde unas ropas, vacías y colgadas,
hacían saludos de algodón a las estrellas.

Yo, así como los pájaros
desperté. Desperté sin alba sin nada, apenas
soltando el cometa azul amarrado a mi casa,
como se sueltan las rendidas banderas blancas
por epifanías silenciosas y preñadas,

mientras que la ciudad se expandía como el hielo,
que montado en la frente del llano, al mediodía,
se le derrama en cogollos de bitumen y agua.

Desperté. Desperté,
entre los azores deslumbrantes del solsticio,
las miradas sordas de una bugambilia rosa
y los azahares de un naranjo primerizo.

Aún mis pies tenían el oloroso ruido
de la huida sobre el piso;
aún mis manos tenían el delator uso
de unas llaves umbrosas,

aún el eco del acero, al girar, sabía
a grava recién vertida bajo las esquinas
y las lámparas, que destrabaron una máquina
en sus oscuras llantas.
Me asome a la calle y recuperé el calendario
con la imagen negra del bitumen encuadrado,
que acosaba como sello las alcantarillas.

Y, entre la oscuridad de nuestros sueños quemados,
el sonido del timbre, de la entrada, sonaba
delgadamente en la tela de mis pabellones,
mientras al aire mis pupilas se humedecían

con el incurable levantar de la mañana,
que ordenaba el rítmico y hondo sonar de estrellas
y camiones urbanos de esquinas desmembrados,
en las escalerillas de aquella nueva casa.

Inoculado, allí, nuevamente, y salpicado
por las activas estaciones de los sabinos
y la transmisión satelital de ondas, inmóvil
amanecí como un cielo que hubiera perdido
su gran azul cometa,
pues había perdido el asiento de mi casa:
colonia Providencia.


Providencia, la ciudad en la cañada norte,
poblada de buhos y luciérnagas de plomo.
Empolvada en sus jardines encuadrados de oro,
aquella comunidad que en los años setenta
estaba saturada de autos y casas nuevas.

Ella era vecina que perifereaba el llano,
descubriendo el campo, hasta el Zapopan viejo y seco,
con sus torres santas, vistas desde mi azotea;
y la avenida Américas con ruido a motor
de gasolina, gastada en la cuesta empinada.

Providencia, casas alineadas en fila,
como remachadas y amarradas al cemento;
extraviada ahora, pues al abrir la ventana
ya no estaba. Era un recuerdo, una aparición falsa
y apagada en distintos autos, distintas casas.

Ella se quedó fuera al paraíso noventa,
perdida en la inocencia de la ilusa mañana.

Providencia: amigos prendidos en las aceras,
Providencia: credo y locura, nieve y estío.
Providencia: colonia.
Durante la noche, ella soltaba los encantos
del último suspiro a la calle de concreto
a nosotros, jóvenes de mezclilla nocturna,
que la respirábamos mezclándola con sueños;
parados allí, en las esquinas, o, caminando;
a nosotros que recibíamos el sonido
de las salas y las cocinas, donde se oía
el murmullo inocente
del transistor y su brillar de luz irisada
al rítmico parpadeo de televisiones.

Allí, donde los pájaros soltaban su olor,
desde aquellos profundos árboles que ocultaban
su propia noche, la de la mirada que espía.
Allí bajo ellos, abría la boca y tragaba
el fuego, sin incendio, sin llama, en la oscuridad
que no podía ocultar ya, mi crecida barba.

Allí, detenido en una esquina, pensativo,
reteniendo el primer olor a sexo y camión,
supe que Providencia era un gran globo de jal
que pinchaba la aguja de los años ochenta,
dejando caer al cielo nuestras papeletas
de cartillas y licencias sobre la de Américas.
Montevideo, continuaba asfalto y concreto,
perpendicularmente, entre la avenida Américas.

La axial avenida Américas, me construyó
en cada paso, en cada cuadro, en cada verano,
un camino, mientras sus banquetas se ponían
a la sombra de postes viejos, verdes de historias.

La avenida Américas, tan gris y tan poblada
de autobuses y autos hacia las colonias nuevas,
donde ellos peregrinaban como estacionales
rebaños de cabras y elefantes de chasis
y tableros musicales sobre cigueñales.

Esa planicie linear, en el mediodía,
me parecía una adherencia con edificios
que me hacía ver en la giba de su largueza,
más allá de la mano occidental de Colón,
su viejo nombre Unión.


Américas, se desparramaba hacia la izquierda,
hacia el barrio oloroso de Santa Teresita
con su estampa vecinal y carpas domingueras,
con el sonido multiple de los transportistas
y los hacedores de tostadas, que ocupaban
los espacios más húmedos del mercado sónico.

Y luego, el dulce y largo barrio de La Capilla
de Jesús, el de la fría escarcha de maíz:
el tejuino, que me hizo viajar más al Oriente,
con el vigor del hielo y la fuerza de la tierra,
hacia el tronco y el núcleo que sujeta Américas:
el centro. El centro, que me atrajo como al jején
el trigo, con el sopor y empacho del café;
con el sonido arboroso de algunas callesas,
donde está el ruido que todo rodea sin fin
en el gemido de los canales de las llantas
que ruedan como ola que viene y nunca revienta.

El centro, donde el humo se adhirió a mis pulmones
viscosamente, en el giro de la velocidad
mundana del alegre e impaciente automóvil,
como el que de noche me llevaba de regreso
en una ruta de recuerdo a mi casa vieja.
Así, supe que tenía fundada una ciudad
en mi cabeza luego de perder una casa,
una calle, una colonia, una manzana, un mapa.
Porque dije mi casa, partiendo desde un centro
del que se sostenía toda una plancha urbana.

Supe que la tenía fundada, y con imprenta
puesta, pues llegué y bebí agua despreocupado.
Supe que todos sus hombres, todas sus mujeres,
suben y bajan de autos y autobuses al ir,
venir y salir de sus soledades urbanas.

Supe, entonces, que no sólo existía una calle,
sino exactamente una familia de callesas,
callejones y calles; una unión de avenidas
y bulevares; una gran familia de calles
que amanecía para millones, para todos
los millones que se levantan diario en millones
de mañanas, tan lejos, tan cerca de la mía.

Pero todos esos caminos eran las líneas
de una misma y única planicie edificada
y a la cual yo levantaba memoriosamente
como Guadalajara.
Saber, entonces, de mi ciudad al asomarme,
como un polizón en la minúscula portilla
de un barco; a la nueva calle que contenía eso
que llaman antiguo y que me mantenía unido
a los árboles y a las aves, como palanca
a su tablero y suelo.

Saber de ella, porque grabé con sombra la palma
de mis pies en la inclinación pedestre de la honda
avenida Hidalgo y la anchura tosca y acuosa
de la desmemoriada Calzada Independencia.

Saber de su voz , en la dulce voz de mujer
que da el cambio en su puesto de diarios de un portal,
como el ronco y áspero responder de un chofer
al recorrer y cortar la avenida Corona.

Saber de los acentos que pone, a cuantos días
tiene la semana en jornadas, en estaciones
del tren ligero o de los miniautos eléctricos
de tantos refresqueros locos y aventureros,
que circulan por avenida Federalismo
y la calle de bajada de Pedro Moreno.

La ciudad, pero esta ciudad que de unirse tanto
hizo crecer mi calle y mi aglomerado urbano
en un mapa plano de arena, concreto y agua,
que fraccionaba el llano para edificar casas.

Esta ciudad que me deja moverme y vivirla,
en diferentes calles y gentes, quienes me hacen
creer en la bondad como R. Michel, o
creer en la poesía como Alfredo R.
Plascencia, en el sacrificio inútil: Niños Héroes.

Calles, que hacen a un lado la gran serie infinita
de los números, con los nombres de los que mueren.
Ciudad de calles de fin abrupto y profundísimo
como Belisario, o de avenidas de humaredas
como Revolución, o de avenidas de prisas
locas y tontas como la de López Mateos.

Ciudad, que me recuerda alzadamente y de pie,
que el asfalto termina donde inicia la cima
de los cerros, en la orilla de la depresión
de la tierra, llamada barranca; o en el último
escalón detenido sobre una aeronave,
en una de esas, que lo ponen a uno en el cielo.
Esta ciudad que tiene otras ciudades encima,
de varios pisos suspendida sobre el gris piso,
ubicada en archipiélagos a varios metros
del suelo, como la torre Américas, gigante
dividiendo el aire y no el llano. Ciudad de casas
de doble piso, de doble o triple, o, tal vez, cuádruple
piso como El Sauz, Miravalle o la Prisciliano,
que se repiten verticalmente en cada planta
de terrazo o cemento que son bien habitadas
con niños y bebés; o con los recién casados.

Esta, la de las voces en la noche, sin rostro;
ciudad con mayor claridad que las celosías,
donde se oyen clamores de casada reciente,
donde se oyen los reclamos del recién nacido
que más calostro quiere.

Ciudad, toda de alturas, donde se queda el agua,
sacrificándose en la voluntad niquelada
de la electricidad; en una bomba que sube
el río a las azoteas que serían patios
de no ser las alturas.

Pero, puedo llamarla, todavía poliédrica;

con los artefactos bicéfalos de sus placas,
que dividen en azul la cuadratura fija;
que nombran las rutas en los ejes de la rosa
en las dos vías de Morelos y la Calzada.

Ciudad en dos por dos,
renombrada y renumerada en paredes, muros
y postes, hacia la moderna o la Americana,

haciendo a Simón Bolívar calle de Balbuena,
a Marsella vuelve Plascencia y Pedro Buzeta,
a la estrecha Colón, sombreada Santa Mónica
y al huertero Dn. Munguía, Díaz de León.

Sin embargo, este pliegue en el llano, en construcción
expande sus nombres, extendiéndose metálico
en vocales y consonantes de placa azul
al asentarse los hombres, sedentariamente.


Esta ciudad, que se mantiene despierta y viva,
en las cuentas de su propia gente. Gente que ama,
que deambula, espera, trabaja y se desvela.

Gente, que cree y crea
a su ciudad, que es una, en su sueño y su vigilia.
Gente que veo llevar un dedo hacia su oído,
cuando escuchan larga, callada y profundamente
con sus ojos abiertos.

Gente de esta comunidad, que hace cuestionarme
qué nos significa la vida aquí, en esta ciudad
terca, con sobrepoblación de hormigas, enrentas
y autobuses urbanos.

Qué nos significan esas arcadas abiertas
o esa estación subterránea bajo edificios.
Qué nos significan a mí, que hago este poema,
o a ese joven cholo que atraviesa la plaza,
o a esa muchacha pensativa que algo aguarda,
o para aquel policía que resguarda el tránsito.
Qué, qué nos significa.


Pienso, en el recorrido que hago y he hecho los días
que vienen después de cada día, al inquirir
las paredes que laberintan esta ciudad,
que se encuentran en puntos iguales y distintos:
casas, plazas, comercios, hospitales, mercados
talleres, cines, fábricas.
Y que me hacen ponerle orografía a un mapa
de papel: el pliegue de acero y concreto armado.
Mapa que he recorrido sin haberlo notado.

Esta ciudad, this city, diesen stadt, cette ville,
o como se diga en todas las lenguas del mundo,
pero que tenga completa esta cartografía
que va de las lomas cuatrinas de Miravalle
a las orillas caídas de Huentitán el Bajo,
de las esquinas empedradas de Ciudad Granja
a la loza encandilante de Loma Dorada.

Cartografía, recorrida en el ver, oír
y tocar en los sabores que huyen de las casas,
en las palabras de madre en lucha y desamada,
en el color del vidrio y marco de sus ventanas,
en la dimensión y pueblo de sus azoteas
y hasta en el fermento de sus bolsas de basura.
De ésta, esta ciudad, pues
veo, oigo y toco estas casas que tranquilamente
se transforman en agujeros deshabitados,
cubiertos de una delicada tela de luz
en la fracción del llano

Veo, oigo y toco la orientación de las colonias
y barrios en la acumulación de sus antenas,
en las manchas anuales de sus grises tinacos
y en el espejo de la pintura de sus autos.

Veo, oigo y toco la inteligencia comunal
del pueblo de este jirón del país jalisciense,
en la extrañeza de Jardines del Bosque o Cruz
del Sur en su oblicuidad y multiplicidad
que me hacen sentir la piel del cielo en mi palabra,
al verla, oírla, tocarla, olerla, y al tomarla.


Verla, en la sinuosidad verde de Chapalita.
Oírla, en la estridencia de sus grandes telares.
Tocarla, en el acero suave del tren ligero.
Tentarla, en las puertas bruñidas del expiatorio.
Verla, en la saturación plástica de Obregón.
Oírla, en las cafeterías de Independencia.
Tocarla, en la variedad de sus timbres eléctricos.
Tentarla, en el rostro de las morritas lozanas
de las secundarias cerca del parque Morelos.
Verla, en el mosaico de miradas que transportan
los minibuses locos.
Oírla, en los chirridos y claxons a lo largo
y ancho de Alcalde y Juárez.
Tocarla, en el calzado y ropa que salen diario
de cosedoras máquinas.
Tentarla, en la mano esforzada de sus obreras.
Verla, en los mercados descubiertos de las plazas
del Sol, Torres y Abastos.
Oírla, en el canto de sus choferes que encienden
la vida de millones.
Tocarla, en el tallado de piedra de Belén
y Nuevo y Mezquitán.
Y tentarla en fuentes redondas de Lafayette.
Y verla, oírla, tocarla y darla como casa.
Porque esta ciudad lo que me significa, es: casa.
Casa-cuarto, casa-cocina, casa-cochera,
casa-sala, casa-azotea, casa-terraza,
casa-puerta, casa-banqueta, casa-colonia,
casa-árboles, casa-manzana, casa-avenida,
casa con el sonido de las nubes encima.

Casa de colonias vecinas y circundantes,
casa de colonia periférica, de barrio,
casa de condominio,
casa de edificio aéreo, casa en el centro,
casa del sol, casa de la luna, de los cielos,
en un sector y un sueño.
Casa, la que rehabitó la industria del comercio
en las casas del centro;
Casa recuperada por la industria y empeño:
los comedores céntricos.
Casas edificadas en el suelo de jal,
casas edificadas en las innumerables
barrancas y bajadas
o casas construidas en las playas de los ríos
como Montevideo.
De ahí, que siempre digo:
Guadalajara, significa casa, mi casa.
Por eso, sé de las casas, de todas las casas,
de todas las colonias y de todos los barrios,
pues ahí donde se reúnen sillas y camas,
lavabos y toallas,
alacenas y mesas, baño, estufa y recámara
entre paredes y ventanas, muros y puertas
verticales o planas,
yo, sé bien de las casas.

Casas como El Batán, Santa Teresita, la Atlas,
Jardines de la Cruz, la Morelos, Miramar,
todas son, nada y sólo, sino casas de casas.

Donde se puede crecer reventando zapatos
crecer en el verano y los partidos del pie
donde los autos, sobre la banqueta claudican
al sol y las revanchas

Casas de donde se sale a chutar un balón
o a batear al ritmo de la serie mundial;
o, tal vez y mejor, deslizarse en patineta
hasta toparse suavemente con otra calle,
para saber que se tiene una casa a la espalda.

Camino y ando entre las sombras y los semáforos,
ligado a la pluralidad de casas y calles
que he acumulado en este mapa de mis manos.

Y pienso, cuánto te he pensado Montevideo
tal si fueras un pájaro,
sobreviviendo y luego apoderándote, plena
y celestemente de esta comuna de acero
y cemento de piedra
que se alarga desde la limitada extensión
de una cuadra gris entre Ontario y Rubén Darío.

Mas yo, sin embargo, ya no pienso sino canto,
Canto, sí, aventurada y terriblemente. Canto
a esta ciudad que me acoge distinta y de modo
distinto sin parecerme la misma y la única.

Canto a sus hombres y mujeres, que la merecen;
canto a sus trabajadores y a sus pensadores;
canto a sus monumentos y sus tumbas no muertas.

Canto a todos los nombres
de sus calles, colonias, sectores y comunas.
Canto, canto libre a esta ciudad enclavada
en tierra jalisciense.

Libremente, yo canto:

Guadalajara, madre
que teje con hilos de asfalto, vidas fantásticas.

Guadalajara, vástaga
del país jalisciense, que crece con las manos
de todos sus trabajadores de cuerpo y mente

Guadalajara, ciudad
que se extiende entre el eco de una barranca vieja
y cerros con olor a lágrimas de mañanas.

Guadalajara, barco
fantasma, que me hace dudar si el mar no está oculto
en nubes, sobre este llano espinoso y desértico.

Guadalajara, fábrica
la de ensordecedores transatlánticos fábricos
que huelen a engranajes, cables, obreros y planes.

Guadalajara, templo
humano, de sonoras y ardientes voces santas
que son tentadas por la dulce voz del pecado.

Guadalajara, amante
que bien puede liberarse con alzar las manos,
después de arrojar los candados humanizantes.

Guadalajara, vida;
vida de días anteriores y venideros;
vida toda de sueños,
vida que hacemos al desplazarnos en el tiempo.

Guadalajara, muerte,
la muerte que nos pone en sus bolsillos de piedra,
con racimos de nubes, que impregnan a las tumbas
con el aroma perdido y violento del llano.

Guadalajara casa,
la que hace a los hombres escaparse del silencio,
la que cambia en poetas a los hombres pacíficos,
y a los poetas en perseguidos de si mismos.

Guadalajara calle,

sí, la de mi casa, que encuentro todos los días,
siempre con otro nombre,
haciéndome creer que el pasado se ha perdido

y que el tiempo que descarapela los letreros,
me descubre al empeño de la hermana memoria
con sus dos palabras que se niegan al olvido:
calle Montevideo.
Tomado del libro "Calle Montevideo y otros poemas"